LA CASA ENCANTADA DE ATENAS (crónica de Plinio el Joven)

El primer testimonio escrito que disponemos sobre apariciones de fantasmas lo escribió Plinio el joven, hijo adoptivo de Plinio el Viejo (en realidad era su sobrino), que vivió del 61 al 113 d.C.Éste lo relata en una serie de epístolas dirigidas a un amigo suyo, del círculo íntimo del emperador Trajano, y donde por primera vez se describe una situación, que a nosotros casi 2.000 años después nos resulta familiar.

Se trata de una casa en Atenas, una casa espaciosa, grande, que permanece vacía ya que sus anteriores propietarios salieron de ella precipitadamente al toparse con una figura espectral que deambulaba a sus anchas por su hogar. Se trataba de una presencia con el aspecto de un “anciano flaco y desdichado,con barba larga y cabello erizado, vestido con ropas andrajosas y llevando un caminar lento y pesaroso, debido a que llevaba grilletes en los pies y cadenas en las manos que agitaba y sacudía delatando su presencia de lejos”.

Plinio nos cuenta que el filósofo Ateneodoro, recién llegado a Atenas, buscaba una casa en la ciudad y al encontrarse con este caserón deshabitado se interesó por el. Fue informado de los hechos y del por qué de su bajo precio de alquiler. Pero a pesar de ello el filósofo decide pasar una noche en la casa.

Al atardecer Ateneodoro ordena que se le prepare una cama en la parte delantera de la casa, además pide unas tablillas, un estilo, una lámpara y manda a todos los suyos al interior de la casa.

El incrédulo filósofo se concentra en escribir para mantener su mente ocupada ante posibles ruidos espectrales. De repente empieza a oír sonidos de cadenas pero el permanece impertérrito, hasta que el estruendo es tal que se digna a levantar la vista y se encuentra frente a frente con la presencia que le habían descrito. La terrorífica figura le hace una señal como indicándole que le siguiera pero nuestro filósofo, con una sangre fría impresionante, continúa a lo suyo. El fantasma, imagino que indignado, agita fuertemente sus cadenas hasta que consigue que Ateneodoro se levanté, coja la lámpara y lo siga, dirigiéndose al patio de la casa. Una vez llegados al patio el espectro se desvanece y el filósofo pone un puñado de hierbas en el punto exacto donde ha desaparecido para marcar el lugar. 

A la mañana siguiente se persona ante los magistrados de la ciudad y aconseja que se excave el lugar ya que sospecha del por qué de la presencia de dicho espectro.

Cuando se realiza la excavación hallan un montón de huesos humanos mezclados con cadenas.

En realidad el pobre espectro lo único que estaba reclamando era un entierro digno, algo que era muy importante en la antigüedad. 

En Grecia y en Roma enterrar a los muertos era considerado un deber sagrado ya que si no se hacía se condenaba a que el alma del difunto vagase eternamente sin descanso y estas almas en pena eran consideradas maléficas. 

Silvia Rossi
  

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