Sawney Bean, cueva de los horrores

Varios viajeros fueron detenidos como sospechosos y ahorcados erróneamente con el apoyo de alguna prueba circunstancial. También fueron ajusticiados varios posaderos, sin otro motivo que el de haber alojado en sus posadas a algunas personas que posteriormente habían desaparecido sin dejar rastro. Se sospechó que habían asesinado a aquellas personas en sus establecimientos y enterrado después los cadáveres en lugares donde no resultara fácil descubrirlos.

La justicia se ejerció con la mayor severidad imaginable, a fin de evitar aquellas frecuentes y atroces hazañas; hasta el punto de que muchos posaderos que vivían en la zona occidental de Escocia, abandonaron sus negocios, temiendo correr la misma suerte, y buscaron otras ocupaciones. El miedo y los inconvenientes de los viajeros para encontrar alojamiento, provocaron que parte de la región quedara despoblada.

Seguían las desapariciones misteriosas

Sin embargo, las desapariciones  continuaban. Ni uno solo de los que habían sido ejecutados confesó su culpabilidad en el patíbulo. Al contrario, afirmaron su inocencia hasta el último minuto. Cuando los magistrados comprobaron la inutilidad de aquellas medidas, renunciaron a sus procedimientos rigurosos. Confiaron más en la suerte que en otra cosa para la resolución de aquel horrible misterio. La familia de Sawney, entre tanto, continuaba creciendo. Cada uno de sus miembros, cuando la edad se lo permitía, ayudaba en la medida de sus fuerzas a perpetrar los horribles crímenes, que seguían impunes.

Ya en el año de 1945 cuando un hombre y su esposa, tras visitar una feria, regresaban a su hogar montando ambos un mismo caballo. Al caer en la emboscada de algunos miembros de la familia Bean, el hombre se defendió con una pistola. Logró derribar a alguno de los asaltantes. Su esposa al caer del caballo fue asesinada por varias mujeres ante los propios ojos del marido, y allí mismo la degollaron. Comenzaron a chuparle la sangre, para después abrirle el vientre y sacarle las entrañas. El hombre ante tal visión redobló el esfuerzo para defenderse. La suerte le acompañó. Un grupo de entre veinte o treinta personas, visitantes de la feria como ellos, acudieron en su ayuda.

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