EL MUÑEQUITO DE TRAPO

A lo largo de toda la geografía de nuestro planeta podemos encontrar una gran diversidad de culturas. Cada una de estas culturas posee sus propios dioses y demonios.

En el relato que os presento a continuación tendréis la oportunidad de conocer, al fin, a uno de los miembros más destacados de nuestra singular ciudad del misterio. Se trata de su más prolífico escritor, Javier Saavedra.

Hay un día señalado en la agenda de este genial literato. El motivo, pronto lo vais a conocer.

Son las 10 a.m. y nos encontramos en el despacho de Valentín Montiel, Director de la editorial que publica las obras de Javier Saavedra.

Ambos se encuentran en el interior del despacho debido a una cita programada desde hace un año ya.

Valentín: Bueno caballero, (risas), llegó la hora. Hace un año me prometiste que me harías partícipe del secreto que guarda tu obra más exitosa “El muñequito de trapo”.

Javier: Pero también debo recordarte la advertencia que te hice entonces y que te vuelvo a hacer ahora. Y es que tal secreto lleva consigo un precio a pagar.

Valentín: Querido Javier, soy uno de los hombres más ricos de esta ciudad. Comienza pues porque sin duda podré pagar.

Javier: No lo dudo.

Valentín: Por cierto, ¿Te vas de viaje?, lo digo por la bolsa que traes.

Javier: En efecto, después de nuestra reunión creo que me va a venir bien salir un tiempo de la ciudad.

Tras estas palabras, ambos sujetos se miran fijamente durante unos instantes. Javier, tras este pequeño lapso de tiempo, respira profundamente, se acomoda en el sillón en el que se encuentra sentado, cruza las piernas y con mirada seria comienza su discurso:

Javier: Valentín, como ya sabes, provengo de una familia trabajadora. Mi padre era maestro de escuela, mientras que mi madre trabajaba, a tiempo parcial, en una tienda de ultramarinos. Si observamos mi árbol genealógico al completo, podríamos percibir rápidamente que todas las personas que lo conforman son gente muy corriente en lo que a sus dedicaciones en vida se refiere. Todas excepto una, mi abuelo paterno. Mi abuelo siempre fue un tipo rebelde y contrario a la norma. Y más aún, acostumbraba a expresar su inconformismo ante todos. Como podrás imaginar esto le llevó a ganarse muchas enemistades. Finalmente, un día, como se suele decir coloquialmente, salió a comprar tabaco y no volvió más. Años más tarde, mi abuela comenzó a recibir cartas procedentes de África, cartas, naturalmente enviadas por mi abuelo en las que le contaba sus vivencias en aquellas lejanas tierras. En dichas misivas, mi abuelo se sinceraba y reconocía que su vida en esta ciudad estaba vacía y que allá en lo más profundo del continente africano había encontrado su verdadero lugar.

Valentín: Interesante, pero, sigue, sigue, por favor…

Javier: Como te iba diciendo, mi abuelo, definitivamente, era de espíritu aventurero y era cuestión de tiempo que abandonara su tranquila vida en esta ciudad y marchara en busca de experiencias que pudieran saciar su sed de aventuras como, de hecho, finalmente hizo. Años más tarde, nací yo. Personalmente nunca lo llegue a conocer. Solo algunas fotos algo estropeadas por el paso de los años y las anécdotas que me contaban mi padre y abuela me permitieron poder hacerme una especie de figura mental de cómo podría ser aquel desconocido pariente. Recuerdo especialmente una de aquellas tardes en la que mi madre, por motivos laborales, me dejaba en casa de mi abuela hasta que pudiera recogerme después de salir de la tienda donde trabajaba. Esa tarde que recuerdo especialmente, mi abuela, comenzó a contarme historias fantásticas en las que mi abuelo aparecía como protagonista principal en sus viajes por África. Yo, con la inocencia de aquella edad, le pregunté que cómo era posible que conociera tantas historias de mi abuelo sin estar él allí para contárselas. Fue entonces cuando mi abuela me mostró, por primera vez, el baúl donde guardaba todas aquellas cartas que había estado recibiendo, a lo largo de todos esos años, por parte de su marido. Jamás podré olvidar todas esas horas que pasé leyendo aquellas fantásticas líneas que me hacía, por unos momentos, viajar a lugares muy lejanos al lado de mi abuelo.

Valentín: Debo imaginar que tales lecturas te han tenido que servir como aprendizaje para tan talentosa faceta tuya como es, de hecho, la escritura.

Javier: Es posible. Pero de lo que no me cabe la menor duda es que sirvieron para que me apasionara de por vida a la lectura. Créeme si te digo que la lectura de aquellas cartas, además de apasionantes, extrañamente, atraía al lector como si de una droga se tratara. Tal era su adicción que mi madre, cuando llegaba a recogerme a cada de mi abuela, siempre acababa desesperada por culpa de mis ansias por quedarme allí leyendo aquellas hojas extasiantes para mis sentidos.

Valentín: Javier, discúlpame que te haga esta interrupción, pero, después de leer la novela de “El muñequito de trapo” y después de escucharte hasta el momento, no logro entender que conexión existe entre ambas historias.

El escritor, tras esta interrupción, hace una breve pausa, vuelve su mirada a la bolsa de viaje que tiene a su lado junto a sus pies y algo malhumorado prosigue su relato.

Javier: Como te iba diciendo, antes de que interrumpieras, los escritos de mi abuelo despertaron en mí una pasión por la lectura que no me ha abandonado desde entonces. Tendría yo poco más de siete años cuando, en una tarde de invierno mi padre, al llegar del trabajo, entró muy serio en casa y ni siquiera me saludó, hecho que me sorprendió bastante ya que siempre fue muy cariñoso conmigo y prueba de ello era que siempre, a su llegada del trabajo, lo primero que hacía era buscarme para darme un abrazo muy efusivo. Pero aquella tarde su comportamiento era diferente, señal inequívoca de que algo había pasado. Y, en efecto, lo seguí silenciosamente hasta la cocina donde mi madre estaba preparando la cena. Me escondí tras la puerta y escuche que mi padre, entre sollozos, le deba a mi madre la noticia de que mi abuelo acababa de morir en un hospital de El Cairo. Yo, a pesar de que nuca había conocido a mi abuelo, salí corriendo hacia mi habitación y comencé a llorar. No cabe duda que sus lecturas habían conseguido que algo de mi sintiera aquella pérdida como si realmente lo hubiera conocido.

Valentín: Entiendo, pero… sigue, sigue, no quiero interrumpirte.

Javier: Una semana después mi padre recibió una llamada de mi abuela para que fuésemos a su casa inmediatamente. Y así lo hicimos. Mis padres y yo, esa misma tarde, salimos en dirección a su casa. Una vez allí mi abuela nos comunicó que había recibido un paquete procedente de Egipto cuyo remitente era mi abuelo. Al parecer, el anciano, consciente de su inminente destino, decidió empacar sus pocas pertenencias y enviárselas a mi abuela. En dicho paquete había algunos libros, fotos, un par de máscaras la mar de extrañísimas y un muñequito de trapo. Además, aquel paquete venía acompañado de una pequeña nota en la que decía así:

Querida María;

Es destino del hombre venir a este mundo para algún día tener que marchar de él. Yo, afortunadamente, ya realicé en mi vida todo aquello que siempre desee hacer. Creo adivinar que mi último aliento se acerca por lo que te envío las últimas de mis pertenencias en este mundo.

Pd: Sólo una cosa más. Sé que tengo un nieto. Quisiera hacerle un pequeño regalo. Se trata del muñeco que podrás encontrar en este paquete.

Afectuosamente, tu marido.

Javier: Aún recuerdo la cara de sorpresa de mi abuela y mis padres cuando leyeron aquella nota. Mi padre no hacía más que preguntar cómo era posible que supiera que tenía un nieto si nunca más había vuelto a la ciudad ni se puso en contacto con nosotros. Y tras unos instantes de confusión nos despedimos de mi abuela y nos marchamos a casa. Durante el viaje de regreso a nuestra casa recuerdo que me encontraba en el asiento de detrás del viejo Citroën de mi padre con aquel extraño muñeco en mis manos. Mientras tanto, mis padres seguían conversando acerca de aquella nota discordante. Durante la cena, mi madre, que siempre se mostró muy crítica con la decisión que mi abuelo había tomado de marcharse de su casa, comenzó a opinar que no le gustaba la idea de que yo tuviese aquel muñeco entre mis juguetes y que quizás sería buena idea de que nos deshiciéramos de aquel regalo. Pero mi padre, al observar que yo les pedía por favor que no me lo quitaran, convenció a mi madre de que sería mejor no desprenderse de un último regalo que mi abuelo quiso dar a su único nieto. Finalmente, tras unos minutos de deliberación, mi padre consiguió persuadir a mi madre y, tras un guiño de ojo, me levanto de la silla y me colocó el muñeco entre mis brazos.

Valentín: Bonito gesto de tu padre, pero… ¿Existe algo de acción en todo esto?

Javier, tras este comentario, dio muestras de sentirse molesto. Y con gestos de intentar mantener la calma, prosiguió.

Javier: Esa misma noche recuerdo que coloqué aquel muñeco en la cama, con la cabecita apoyada en la almohada junto a la mía. Segundos después comencé a oír un susurro proveniente de aquel muñeco. Acerqué mi oído y fue entonces cuando pude llegar a apreciar el sentido de aquellos sonidos casi inaudibles. Se trataba de una nana.

Valentín: ¿Una nana?, pero esa secuencia aparece en tu novela.

Javier: Lo sé. De hecho, todas las noches ocurrió lo mismo. Un día decidí comentárselo a mi madre, pero, después de varias veces, al final me di cuenta que no me creía. Seguramente pensaba que era producto de mi gran imaginación. Así que decidí comentárselo a mi padre. Éste, al igual que mi madre consideró que solo se trataba de una de mis muchas invenciones debido a mi corta edad. Mi relación con aquel muñeco comenzó a hacerse cada vez más estrecha de tal modo que hubo un momento en el que a donde yo fuera allí me llevaba al muñeco. Incluso a la escuela. Me fui haciendo cada vez más huraño. Era ya normal ver, en la hora de recreo, como mis compañeros de clase jugaban al pilla, pilla, a la pelota o a cualquier otro juego mientras yo aparecía apartado, en algún banco del patio, con mi muñeco como único compañero de aventuras. En uno de esos días, mientras yo estaba jugando despreocupadamente con el muñeco en el patio de la escuela, una profesora se me acercó y me preguntó si no me apetecía jugar con los demás niños. Yo, tras unos segundos pensando que responder, me decidí por hacerle caso. Fue entonces cuando ella recogió el muñeco del suelo y me prometió que me lo guardaría mientras yo jugaba con los demás niños. Y así lo hice. Pero al acabar la hora del recreo, ya de vuelta a clase, comenzamos a oír gritos provenientes de una de las aulas contiguas a la mía. Todos corrimos en dirección a la habitación y, justo cuando estábamos llegando, aquella maestra que me había animado a jugar con mis compañeros minutos antes, salía de allí como alma que lleva el diablo, como si hubiese visto al verdadero demonio. Todos, alumnos y maestros salieron corriendo tras ella para intentar saber que había ocurrido. Yo, en cambio, me quedé completamente solo en el pasillo y giré mi cabeza hacia el interior de aquella aula. Y allí, encima de una mesa, estaba el muñeco totalmente solo, inmóvil, inanimado. Era solo un muñeco me dije para mí. Estaba claro que en ese momento aún no era consciente de lo que estaba sucediendo.

Valentín: Me estas empezando a asustar (risas). Me estas tomando el pelo ¿Verdad?

Javier: No. Solo estoy cumpliendo con lo que te prometí. Pero si me sigues interrumpiendo está claro que no acabaré nunca.

Valentín: De acuerdo. No diré nada más.

Javier: Después de este extraño suceso, aquella maestra no volvió nunca más por la escuela. Y aunque nunca supimos que le ocurrió en el interior de aquella clase, lo cierto es que yo, tiempo después, lo pude imaginar. Unos días más tarde, durante una sesión de matemáticas, la profesora me pidió que diera el resultado de una actividad que estábamos desarrollando en clase. Las matemáticas nunca fueron mi fuerte y mi cabeza se quedó completamente en blanco. Fue entonces cuando le oí por primera vez dirigirse a mi.

Valentín: ¿Oír? ¿A quién?

Javier: ¿No has dicho que no ibas a interrumpirme más?

Valentín: Lo siento, me ganó la emoción (risas de burla).

Javier: El muñeco… me habló. Pero no lo hizo de forma física. Su voz llegó a mi cerebro por telepatía.

También te podría gustar...

Deja un comentario