LAS VELAS EN LA ANTIGÜEDAD Y LA DEVOCIÓN POPULAR

Es difícil, si no imposible, establecer cuándo, en la historia, se empezaron a utilizar las velas y saber cómo se fabricaban antiguamente. De las fuentes históricas se pueden reunir sólo algunas notas dispersas. Por ejemplo, sabem os que los etruscos utilizaban sebo mezclado con cera, que enrollaban en torno a una mecha obtenida con la médula del junco.
En el mundo hebreo, las velas debían de tener una importancia particular, porque el principal símbolo del pueblo de Yahvé era justamente la Menorah, el candelabro de siete brazos. En Roma, la vela, llamada cerus, estaba formada por una mecha de médula de junco sumergida en cera de abeja fundida. El término candela, utilizado también en castellano, deriva del latín ” candere” que significa brillar. Parece ser que las velas se utilizaban como objetos devotos en las tumbas de los mártires en las catacumbas de la antigua Roma, aunque en los primeros siglos del cristianismo, conocieron la aversión de algunos pensadores, como por ejemplo Tertuliano, que veía en el uso de velas y candelas una peligrosa reminiscencia del culto pagano de las luces. En el mundo cristiano existen testimonios del uso de velas ya en el siglo III d. de C. en ritos importantes como los bautismos y cortejos fúnebres.
No hay que olvidar que en el mundo católico se celebran algunas fiestas en las que las velas asumen un gran papel. En el campo se llegaban a bendecir algunas velas durante la ceremonia de la Candelaria, y después, tras la bendición, se conservaban en casa y se encendían en el momento oportuno: contra los rayos, el granizo y las enfermedades de los animales. También se solían encender las velas bendecidas cuando se velaba a los muertos o se asistía a los moribundos : para ayudarlos se solía dejar caer algunas gotas de cera licuada sobre su cuerpo. También durante los partos difíciles se encendían dichas velas y aún en la actualidad es tradición encender un cirio en el momento del bautismo, para iluminar el camino del recién nacido hacia Cristo.
Aún es costumbre es algunos paises y en el nuestro preparar una capilla ardiente para realizar el último homenaje al muerto por parte de los vivos. El término capilla ardiente ya nos indica que se trata de un lugar iluminado por la llama de muchas velas, que simbolizan la luz del alma, liberada de la prisión terrenal del cuerpo que se eleva hacia Dios. Antiguamente, las velas de grandes dimensiones, que se situaban alrededor del catafalco o de la cama sobre la que se acomodaba el difunto, ardía durante todo el tiempo que se destinaba a velar al difunto, y cuando se consumían por completo, se sancionaba el momento último de la separación.

Silvia Rossi

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