LAS CATACUMBAS DE LOS CAPUCHINOS

En estas catacumbas que pueden ser visitadas a modo de museo, la muerte no solo se puede sentir en el ambiente,  sino que si no fuera por las redes metálicas de protección incluso se podría tocar con  la mano. Las momias, las esculturas y los pequeños altares que adornan sus galerías,  sin duda hacen de “Las Catacumbas de los Capuchinos” en Palermo (Italia), uno de los lugares más escalofriantes y singulares del mundo.

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Las catacumbas datan de 1599 cuando se enterró por primera vez a un monje con fama de santo para que fuera rezado y visitado, el Hermano Silvestro de Gubio. Años más tarde, la gran sorpresa para los padres capuchinos fue que al ir a retirar los restos óseos de los enterrados para trasladarlos a unas nuevas sepulturas de la catacumba,  hallaron que los cuerpos de 40 de ellos se conservaban con la carne flexible aunque momificada, como si hiciese poco tiempo que hubiesen muerto. Esto fue a causa de la sequedad del terreno y las corrientes de aire. Pero además, los hermanos capuchinos desarrollaron una serie de técnicas especiales de embalsamamiento que les permitían conservar los cuerpos en buenas condiciones, evitando la putrefacción.

Poco a poco, ser enterrado en las catacumbas se convirtió en tradición local, que podía cumplirse gracias a un Decreto de la Santa Sede de 1637 que concedió permiso a los capuchinos para enterrar en sus cementerios a extraños de la Orden, y muchos eran los que dejaban instrucciones respecto a la ropa que deseaban lucir después de muertos.  Así se fueron reuniendo aproximadamente un total de 8.000 cadáveres que se exponen como si de una galería de la muerte se tratase. Muchos de ellos, también fueron embalsamados con diferentes métodos.

Están expuestos en hileras clasificados en Hombres, Mujeres, Niños, Vírgenes, Monjes y Profesionales. En el pasillo de los profesionales podemos encontrar jueces, profesores, militares algunos incluso enterrados con sus ropas militares estilo napoleónico. Muchos de los cuerpos han sufrido deformaciones por el paso del tiempo o han perdido algunos de sus miembros.

De 1866 a 1897, los capuchinos fueron expulsados por los decretos de exclaustración quedando las catacumbas bajo la custodia del Ayuntamiento de Palermo. Durante este periodo de tiempo, los cuerpos, al no ser cuidados debidamente, se deterioraron bastante. Esto significa que los frailes cuidaban constantemente de los cuerpos, y que las momias debían ser vigiladas. En 1897, regresaron los capuchinos y comenzaron a restaurar los daños sufridos por los subterráneos y por las momias. Algunos de los cuerpos fueron envueltos en telas de saco llenas de paja, lo que ayudó a su desecación y eliminación de la humedad y hongos que habían aparecido. También durante la Segunda Guerra Mundial hubo daños causados por el incendio de algunas bóvedas, a causa de los cuales algunos cadáveres sufrieron la acción del fuego. En 1966 hubo otro incendio que no tuvo mayores consecuencias y más tarde debido a los trabajos de pavimentación de las calles vecinas, aparecieron filtraciones de agua.

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Y entre todas, una figura destaca de entre las demás, el cuerpo de la pequeña Rosalía Lombardo, una niña de 2 años que parece estar sumida en un infantil sueño del que se diría puede despertar en cualquier momento, ya que a veces, sus pequeños ojos se entreabren para volverse a cerrar a los pocos segundos. El cuerpo fue momificado en 1920, por el doctor Solafia, mediante inyección de compuestos químicos pero hasta el día de hoy se desconoce la fórmula, pues se llevó su secreto a la tumba. Este fue uno de los últimos cuerpos que se depositaron en las catacumbas de Palermo.

Fran González

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