LA PENSION

Nuestra ciudad del misterio es una ciudad de muchos contrastes en la que podemos encontrar personas de diferentes culturas y razas. Ello conlleva a que no siempre estemos preparados para comprender el comportamiento de la otra persona. Quizás sea esto lo que le va a ocurrir a Juan, un joven recién licenciado que acaba de ser contratado como recepcionista de una pequeña pensión en la ciudad condal.

Es su primera noche en su nuevo puesto de trabajo y Juan se encuentra un poco nervioso. Nada más llegar a la recepción, lo recibe su nuevo jefe, un señor ya mayor y de carácter serio. Éste comienza a darle una serie de instrucciones mientras que Juan asiente con la cabeza continuamente.

Jefe: Bueno Juan, si usted no tiene ninguna duda yo ya tengo que marcharme. Recuerde que a las 8 de la mañana será usted relevado del cargo.

Dicho esto, el jefe salió por la puerta principal dejando al nuevo empleado completamente solo en el hall de la pensión.

Era una pensión muy pequeña cuyas paredes estaban forradas con papel marrón que, junto a la poca iluminación de la habitación, hacía que el ambiente resultara bastante lúgubre.

Un sillón viejo junto a una pequeña mesa de madera de pino daba la bienvenida a la entrada del hall y, justo en frente, el mostrador de la recepción. Allí, en la soledad de la noche podemos ver a Juan ojeando alguna revista para pasar el tiempo.

De repente, unas voces procedentes de la calle rompen el silencio. Una pareja accede al interior y se dirigen al mostrador de recepción.

Cliente: Buenas noches.

Juan: Buenas noches señores.

Cliente: Venimos a recoger la llave de la habitación 104.

Juan se da la vuelta, recoge la llave del casillero y se la entrega al cliente.

Juan: Aquí tiene, que pasen una buena noche.

La pareja se dirige a la escalera y sus pasos se pierden en la lejanía.

Juan: A ver qué hora es… vaya la una. Pero que lento pasa el tiempo. Bueno, mientras que todo esté tranquilo como hasta ahora…

Una hora después…

Juan: Vaya, se me ha caído el bolígrafo debajo del mostrador.

Juan se agacha para recogerlo. Justo cuando se incorpora…

Anciano: Buenas noches, ¿Tiene una habitación para pasar la noche?

Un anciano con la ropa roída, el cabello muy desaliñado y una gran barba blanca con los ojos grises clavados en los de Juan. Éste, del susto, pega un salto hacia detrás. Pero después de unos segundos reacciona y comienza a reír.

Juan: jajaja, vaya susto. Disculpe, no esperaba que estuviera usted ahí.

El anciano con rostro serio y sin inmutarse vuelve a repetirle.

Anciano: ¿Tiene una habitación para pasar la noche?

Juan: Claro, habitación 117, subiendo las escaleras, al fondo del pasillo. Dígame, cuál es su nombre y una identificación.

El anciano saca del bolsillo un pasaporte muy deteriorado y se lo entrega a Juan. Inmediatamente éste recoge los datos y se lo devuelve al misterioso anciano.

El anciano recoge su pasaporte y se dirige hacia las escaleras pero, justo cuando se encuentra frente al primer escalón se da la vuelta de súbito y se dirige a toda prisa a Juan y agarrándolo por la solapa le espeta:

Anciano: ¡Cuando esta noche yo entre por esa puerta, cuando este cuerpo que usted está presenciando entre por esa puerta, no me deje entrar!

Juan quedó estupefacto, ahora la cara del anciano se presentaba muy demacrada, sus ojos grises casi blancos, los dientes casi no cabían en su boca, incluso su olor era diferente, pues desprendía un tufo como a carne quemada.

El anciano, sin dejar de mirar a Juan, lo soltó y se retiró a su habitación.

Tuvieron que pasar por lo menos diez minutos hasta que Juan volvió a sentarse.

Juan: Maldito viejo, loco de los cojones. Espero que no todos los días me toque gente así de rara.

Solo había pasado una hora desde el desagradable incidente con el anciano cuando Juan notó que la puerta se abría poco a poco. El joven recepcionista, con el rostro pálido se incorporó para tratar de ver mejor quien estaba tras la puerta, pero no veía nada. En un arrebato de valentía acertó a decir…

Juan: ¿Quién anda ahí?

Pero nadie contestó tras la puerta. Los segundos parecían minutos y Juan comenzó a recordar las palabras de aquel anciano no me deje entrar.

Juan apretando el bolígrafo muy fuertemente con su mano se dirige a la puerta. Una vez frente a ella agarra el picaporte y abre lentamente la puerta. De repente, un gato sale despavorido y se pierde en la oscuridad de la calle.

Juan: Un gato, un maldito y pulgoso gato. Claro, como iba a ser el viejo. Seguramente está durmiendo. No merece la pena que yo esté aquí rompiéndome la cabeza por las necedades de un maldito loco. Será mejor que vuelva adentro.

Juan cierra la puerta y se dirige a su puesto tras el mostrador cuando de repente escucha como la puerta se abre tras él…

Voz: Buenas noches.

Un frío indescriptible comenzó a subir por la espalda de joven recepcionista que apenas le permitía moverse. El miedo era demasiado fuerte y la simple idea de saber que alguien estaba justo detrás de él suponía un impacto demasiado grande para digerir en tan poco tiempo.

Juan, muy lentamente comenzó a darse la vuelta. Fueron unos segundos muy largos y angustiosos. Y cuál fue su sorpresa cuando, estando frente al sujeto, pudo observar que allí, frente a él, se encontraba el mismo anciano que una hora antes había alquilado una habitación.

Juan salió corriendo hacia detrás del mostrador y sencillamente se ocultó como un niño que se oculta de sus fantasmas de infancia.

Juan: No, no, no puede ser. Dios santo, pero era él. Estoy seguro que era él. Pero… no, no puede ser, creo que el miedo me ha jugado una mala pasada, eso es, no puede ser él. Voy a asomarme y voy a mirarlo bien, seguro que no es él.

Juan se asoma tras la barra de la recepción y cuál es su sorpresa cuando observa que no hay nadie en el hall, absolutamente nadie. Juan está completamente solo.

Juan: Pero… ¿Me estaré volviendo loco?

Una hora después…

Desde el incidente, Juan no deja de mirar a todas las esquinas del hall. Todas las sombras ahora aparecen amenazadoras. Los ruidos, típicos de un edificio antiguo como aquél, ahora se escuchan como lamentos, pasos, quejidos, incluso palabras para los oídos del pobre empleado.

El miedo había dejado paso al pavor y a la desesperación. Millones de ideas, cada cual más terrorífica bombardeaban la ya frágil mente del recepcionista.

Cuando una vez más…

Voz: Buenas noches, ¿Puedo entrar?

Allí, en la penumbra con la puerta entreabierta, la figura del anciano, entre las sombras favorecidas por la poca luz. Lo imposible se volvía a presentar frente a él.

Juan: ¡Fuera!, ¡Vete!, ¡No hay habitación!

Tras estas palabras, el anciano se marchó. Esto provocó una sensación de gran alivio en Juan que le hizo ganar en confianza.

Juan: Eso es, aquí decido yo.

De repente, el teléfono de recepción comienza a sonar.

Ring, ring, ring…

Juan: Buenas noches, aquí la pensión Familia Martín, ¿Qué desea?

Voz: Buenas noches, ¿Puedo entrar?

Juan: Por diossss…

Juan tira el teléfono al mostrador y se aparta de él como si del propio objeto pudiera salir el anciano.

Juan: No, no, no. No puede ser…

Aun no se había repuesto del sobresalto cuando allí, frente a él, con las manos apoyadas en el mostrador de la recepción, el anciano lo miraba fijamente y una vez más le preguntó…

Anciano: ¿Puedo entrar?

Juan apoyado contra la pared comienza a deslizarse hasta caer al suelo. Su rostro desfigurado por el horror con los ojos bañados en lágrimas, reflejaban el pavor que sentía.

El anciano comienza a dar la vuelta al mostrador de recepción hasta situarse frente a él. Una vez allí, el anciano se agacha y comienza a acercar su rostro al de Juan. Éste se oculta el rostro con sus manos como si tal acción pudiera defenderlo de todo mal.

Y aunque ya no lo podía ver, pudo volver a oír…

Anciano: ¿Puedo entrar?

Juan: Sí, sí, pero por favor, déjame en paz, déjame en paz.

Juan, tras decir esto, no se atrevió a apartar las manos de su cara en un buen rato.

Y cuando lo hizo ya no había nadie frente a él.

8 am de la mañana. Llega el compañero que relevará a Juan en el puesto de recepción.

Compañero: Buenos días, ¿Cómo te ha ido tu primera no…?

Cuando de repente se encuentra a Juan, aun sentado en el suelo con los ojos muy abiertos y las manos acariciándose continuamente el cabello.

Compañero: Pero, hombre de Dios, ¿Qué te ha pasado?

Juan: Yo lo dejé entrar, ha sido culpa mía, lo dejé entrar.

Compañero: ¿A quién has dejado entrar?

Juan: La 117. Ha sido por mi culpa, Yo lo dejé entrar.

El compañero se incorpora rápidamente y recoge la llave de la habitación 117. Sale a paso ligero en dirección a esa habitación.

Una vez frente a la puerta…

Compañero: ¿Señor?, ¿Oiga?, ¿Hay alguien aquí dentro?

Pero nadie responde a su llamada.

Finalmente decide entrar para comprobar que todo está bien. Pero cuando entra…

Compañero: Pero… Madre de Dios…

Allí, semiacostado en la cama, con la mirada de terror clavada en el rostro y la boca totalmente desencajada yacía muerto el anciano. Los brazos abiertos al igual que las piernas. Y el pecho abierto con todos los órganos desparramados alrededor de la cama. Una imagen que nunca podrán olvidar todos los que aquel día tuvieron la desdicha de verlo.

Y Juan, que decir de Juan. ¿Hizo bien en dejar pasar a aquel ente del diablo? Usted que ahora está leyendo estas líneas. ¿Qué hubiera hecho en su lugar? ¿Lo habría dejado pasar? No se preocupe, quizás algún día tenga la oportunidad de tomar esa decisión.

 

JESUS GIRALDO

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