JUANPABLO I ¿Un asesinato en la Ciudad del Vaticano?

En 1978, el Papa Albino Luciani, conocido para la posteridad como Juan Pablo I, muere tras, tan solo, treinta y tres días de papado, uno de los más breves en los últimos siglos. Una escueta investigación, ya que existe una ley eclesiástica que prohíbe realizar autopsias a los papas  para no profanar sus cuerpos, algo curioso ya que entre los ritos de los ocupantes de la silla de San Pedro está el de golpear fuertemente sus cráneos tres veces,  dictamina que la muerte se debió a causas naturales, en concreto, a la delicada salud del Papa. Sin embargo,y por motivos que están bastante alejados de la doctrina pastoral, la muerte de Luciani, sigue siendo a día objeto de debates y controversias.

juan pablo

A la luz de los testimonios de sus más allegados colaboradores, Juan Pablo I llegó al Vaticano con una idea en su cabeza, regenerar la Iglesia. A pesar de ser un hombre de apariencia débil, las gentes que le conocieron coinciden en desvelar un carácter mucho más robusto del que, posteriormente, una parte de la Iglesia ha extendido. En 1972, siendo cardenal de la diócesis de Venecia, Albino Luciani despierta a los males de la Iglesia en un encuentro con el poderoso cardenal Marcinkus. El encargado de la administración vaticana había vendido la Banca Católica del Véneto al Banco Ambrosiano de Roberto Calvi sin consultar al obispado de esa región, es decir, el propio Luciani. Cuando llega a Roma preguntando por qué la Iglesia se deshacía de una banca que se dedicaba a ayudar a los más necesitados con préstamos a bajo interés, el entonces sustituto del secretario de estado, Benelli, le cuenta que existe un un plan entre Roberto Calvi, Michele Sindona y Marcinkus para aprovechar el amplio margen de maniobra que tiene el Vaticano: “evasión de impuestos, movimiento legal de acciones”,  “¿Qué tiene todo esto que ver con la iglesia de los pobres? En nombre de Dios…” preguntó Luciani. Benelli, le interrumpió con un “no, Albino, en nombre del dividendo”.

 Unos años antes, a principios de los setenta, un oscuro contable, de nombre Roberto Calvi, comienza una fulgurante ascensión en el mundo de las finanzas italianas de la mano de su benefactor, Michele Sindona, miembro de la logia masónica P2. Fue él quien introduce a Calvi en los círculos vaticanos, concretamente con monseñor Marcinkus, que pasa por ser, si no un integrante de la masonería del Vaticano, uno de sus más firmes aliados. Según quedó demostrado en el sumario contra la logia P2, instruido en Italia a principios de los años ochenta, la conexión Banco Ambrosiano-Banco Vaticano fue la puerta a través de la cual Licio Gelli, jefe de la logia masónica P2 y agente secreto norteamericano, entró a formar parte del núcleo de personas influyentes en la Santa Sede.

El Papa Luciani, partidario de una reforma profunda de la Iglesia, venía dispuesto a no andarse con contemplaciones. En el libro de Camilo Bassoto “Mi corazón está todavía en Venecia”, se transcriben las siguientes palabras del Papa Luciani: “sé muy bien que no seré yo el que cambie las reglas codificadas desde hace siglos, pero la Iglesia no debe tener poder ni poseer riquezas. Quiero ser el padre, el amigo, el hermano que va como peregrino y misionero a ver a todos, que va a llevar la paz, a confirmar a hijos y a hermanos en la fe, a pedir justicia, a defender a los débiles, a abrazar a los pobres, a los perseguidos, a consolar a los presos, a los exiliados, a los sin patria y a los enfermos”,

Juan Pablo I llega al Vaticano con varias ideas claras, y así se lo comunica nada más ser nombrado al entonces secretario de estado Villot: destituir al cardenal Marcinkus y renovar íntegramente el Banco Vaticano. “Aquella que se llama sede de Pedro y que se dice también santa no puede degradarse hasta el punto de mezclar sus actividades financieras con las de los banqueros…. Hemos perdido el sentido de la pobreza evangélica: hemos hecho nuestras las reglas del mundo”, fueron sus palabras al llegar. Pensaba tomar abierta posición, incluso delante de todos, frente a la masonería y la mafia, publicar cartas pastorales sobre la mujer en la iglesia y la pobreza en el mundo”. Luciani quería, en definitiva, revisar toda la estructura de la Curia.

Los hermanos Gusso, camareros pontificios y hombres de la confianza del papa, fueron destituidos unos días antes de su fallecimiento, a pesar de la oposición del secretario papal, Diego Lorenzo. Al parecer, también por esos días una persona logró introducirse en los aposentos del papa, dejando en evidencia la falta de seguridad en el Vaticano. Para acabar de redondear todos estas extrañas señales, un médico vaticano comentó al Papa días antes de su muerte que “tenía el corazón destrozado” . Tanto Marcinzus como el también cardenal Ugo Poletti, que iban a ser destituidos de sus cargos, hicieron similares comentarios antes de su muerte: “¡Qué barbaridad! ¡ Parece agotado!” (el primero);“en la última audiencia que tuve con él, ocho días antes de su muerte, le encontré particularmente angustiado. Me quedó un nudo de dolor y preocupación por su resistencia física, tanto que, cuando me enteré del luctuoso suceso, me sentí dolorido pero no sorprendido” (el segundo).

La versión oficial sobre la muerte del Papa fue rápidamente puesta en evidencia por el profesor del Seminario Diocesano, Giovanni Gennari, quien afirma lo contario: “Luciani había muerto debido a la ingestión de una dosis fortísima de un vasodilatador recetado por teléfono por su ex médico personal de Venecia”. Pero ésa no fue la única anormalidad cometida: el papa fue embalsamado prematuramente, sin esperar las 24 horas que marca la legislación italiana.

Uno de los argumentos que desmienten la tesis de un infarto, defendida por la curia romana, es que la forma en que fue hallado no desvelaba la típica lucha con la muerte de un infartado, sino, más bien, una muerte provocada por una sustancia depresora y acaecida en el propio sueño. El Papa apareció con unos papeles en las manos, como si la muerte le hubiera pillado leyendo.

Algunas fuentes vaticanas sostienen que el papa hizo abrir a las diez y media la farmacia vaticana y que debió equivocarse al tomar una dosis altísima de un medicamento que le provocó un infarto fulminante”. Pero José Luis Martínez Gil, responsable de la farmacia vaticana, contó  no salió ningún producto esa noche. Y según el Dr. Cabrera, del Instituto Nacional de Toxicología, “los vasodilatadores producen hipotensión. Si se le dio un vasodilatador como Luciani, no me cabe duda, eso es una acción criminal”. Por otra parte, el doctor Da Ros, médico de Luciani, afirmó que “el papa estaba bien y que aquella tarde no le prescribió absolutamente nada”. Todos sus máximos llegados coinciden al afirmar que Juan Pablo I estaba bien de salud.

Las diferentes versiones llegan hasta tal punto, que ni tan siquiera hay acuerdo de quien fue el que descubrió el cadáver de Luciani, en un primer momento, se dijo que fue Benelli quien le encontró, pero fue su asistente personal, sor Vicenza, quien en realidad lo hizo. Como todo en este asunto, se llevó con sumo secreto, y Sor Vicenza fue obligada a callar.

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Cuentan, que en realidad, las hojas que encontraron entre las manos de Albino Luciani, tras su fallecimiento, eran en realidad una encíclica que estaba preparando para difundir entre los fieles a través de un sermón “urbi et orbi”, y en los que manifestaba su deseo de convertir la ciudad vaticana en una especie de ONG para el servicio del pueblo, abogaba por la gratuidad de sus museos , e invitaba a la curia que allí reside a trasladarse a pequeñas iglesias de barrio y zonas rurales, para desde allí predicar esa humildad de la que tanto hablaban.

Fran González

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