¿EXISTEN LOS CUADROS MALDITOS? Mi crónica del programa.

Basil Hallward es un artista que queda impresionado de un joven llamado Dorian Gray y comienza a encapricharse con él, ve en la belleza y estética del joven fuente para una nueva forma de su arte. Basil pinta un retrato de Dorian. Cierto día mientras se encontraba en  el jardín dela casa de  Basil, Dorian conoce a Lord Henry Wotton, un amigo del pintor y empieza a cautivarse por la visión del mundo de Lord Henry. Exponiendo un nuevo tipo de hedonismo, Lord Henry indica que «lo único que vale la pena en la vida es la belleza, y la satisfacción de los sentidos». Al darse cuenta de que un día su belleza se desvanecerá, Dorian desea tener siempre la misma edad  que cuando Basil lo pintó. El deseo de Dorian se cumple, mientras él mantiene para siempre la misma apariencia del cuadro, la figura retratada envejece por él. Su búsqueda del placer lo lleva a una serie de actos de libertinaje y perversión; pero el retrato sirve como un recordatorio de los efectos de cada uno de los actos cometidos sobre su alma, con cada pecado la figura se va desfigurando y envejeciendo.

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En su inmortal obra “El retrato de Dorian Gray”, está claro que Oscar Wilde no hablaba de arte. El cuadro no es más que una metáfora, una metáfora a la vida, a la superficialidad, al alma. Y por qué no una alusión al miedo que el propio Wilde tenía a la vejez y a la muerte. Pero también una unión entre el alma y el arte, una invitación a que cuando miremos un cuadro, quizás tengamos que mirar más allá del trazo, los colores o la corriente pictórica a la que pertenecen.

De Bruno Amadio, o Giovanni Bragolin, pseudonimo con el que firmaba sus obras, se decía que en su colección de “Los niños llorones” de alguna manera había capturado el alma de algunos niños huérfanos y desfavorecidos de la  II Guerra Mundial, niños que según algunas leyendas urbanas habían muerto en un devastador incendio que acabó con el orfanato donde residían, incendio del que solo se salvaron los cuadros. Las réplicas de los cuadros de los niños colgaban en casi todas las casas de España y Portugal, todos querían adoptar a uno de esos niños huérfanos de mirada triste y lagrimas resbalando por sus mejillas, comprar los cuadros era como una forma de consolar el anhelo. Durante mucho tiempo se dijo que los cuadros estaban malditos,  y que las casas donde estaban los cuadros se incendiaban misteriosamente. Supongo que el rumor se refería a las obras originales, recuerdo que cuando era un niño, en mi casa había una copia de uno de esos cuadros, y que yo sepa, nunca se incendió. Más tarde, dijeron que en realidad lo que pasaba con los cuadros era que el pintor había hecho un pacto con el diablo para alcanzar la fama, y que todo aquel que poseyera un original también podía hacer su propio pacto  a través de los niños representados.

“El hombre angustiado”, o el llamado “Cuadro maldito de ebay”, son algunos otros de los que engrosan la lista de cuadros malditos. Estoy seguro de que en muchos de ellos, tras la maldición, lo único que se esconde es una campaña de marqueting, campaña que debe tener su propia maldición, ya que ni los cuadros han alcanzado nunca precios astronómicos, ni sus autores forman parte de la élite de los grandes pintores.

Llegados a este punto, alguno pudiera pensar que no creo en que existan cuadros malditos. Nada más lejos de la realidad, en más de una ocasión he sentido escalofríos al mirar un determinado cuadro; más de una vez he sentido como un personaje plasmado en un lienzo me seguía con su mirada; y  en otras, he tenido pesadillas donde la protagonista era una obra pictórica. Estoy seguro que de alguna manera el artista deja impregnada parte de su alma, parte de sus miedos y parte de sus sueños en cada una de sus obras, y que esa parte se puede transmitir a todo aquel que las observe.

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Contra toda opinión , no son los autores, sino los espectadores los que hacen los cuadros. “Marcel Duchamp”

Fran González

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