Narradores del Misterio

PUEBLOS MALDITOS

En más de una aldea he visto un cementerio chico, abandonado, pobre, cubierto de ortigas y cardos silvestres, y me ha causado una impresión siempre melancólica, es verdad, pero mucho más suave, mucho más respetuosa y tierna. . .En estos escondidos rincones, último albergue de los ignorados campesinos, hay una profunda calma: nadie turba su santo recogimiento, y después de envolverse en su ligera capa de tierra sin tener siquiera el peso de la losa, deben dormir mejor y más sosegados.

(Gustavo Adolfo Bécquer – Cartas desde mi celda)

Sin duda, el poeta sevillano, máximo exponente del romanticismo, aunque fuera un romántico tardío, tenía una visión muy particular de lo que otrora fueran camposantos. Yo también he visto en más de una aldea un cementerio chico, abandonado, pobre, cubierto de ortigas y cardos silvestres, pero a mí lo que me producen es una extraña sensación mezcla de tristeza, abandono y olvido.

Belchite Viejo, Ochate o Marmellar, son tan solo un ejemplo de las decenas de pueblos abandonados a los largo de nuestra geografía, pueblos a los que la enfermedad, la guerra o el éxodo hacía las grandes urbes desoló a lo largo de la historia condenándolos a la soledad, que na al olvido, ya que algunos, gracias tanto a la historia como a la leyenda, se ha elevado a la categoría de pueblos malditos.

Pueblos malditos, pueblos en los que sombríos de noche, y orgullosos de día, acostumbran a permanecer en pie sus campanarios, testigos mudos para unos, y contadores de cuentos para otros, para aquellos que creemos que las piedras también hablan.

Pueblos malditos, pueblos que suelen ser visitados por igual tanto por vándalos como por curiosos o por investigadores. Visitantes que acuden al lugar para dar rienda suelta a sus más bajos instintos, para obtener  su pequeña dosis de morbo recreándose en su leyenda  o para impregnarse de su aire e intentar descifrar su historia.

Pueblos malditos, o por decirlo de otra forma, pueblos maldecidos, maldecidos por la desgracia, por esa desgracia que suele presentarse bajo diferentes nombres. Pueblos que antaño vieran a los niños jugar por sus calles y a los viejos contar cuentos en sus puertas.

Decía el poeta que en los cementerios olvidados los muertos duermen mejor y sosegados. En los pueblos malditos no todos los muertos duermen, algunos permanecen despiertos, esperando que algún visitante sea capaz de oír su llanto, su lamento, su dolor. Esperando que su historia no se olvide, o que su verdad se conozca, o de que su dolor se comparta, esperando que su nombre no se borre del pueblo maldito donde le toco morir.

En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando, ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz.

(Cien años de soledad – Gabriel García Marquez)

Fran González

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