Asesino en serie: Garavito

Cada día su comportamiento era menos sociable y le resultaba imposible mantener un empleo formal. A mediados de los noventa comenzó a recorrer el país como vendedor ambulante. Vendía estampas religiosas con la imagen del Papa Juan Pablo II y del Niño del 20 de Julio, uno de los más venerados en Colombia.

Una vida dispersa y sin horizonte

En esos años dejó un reguero de telegramas a sus mujeres y a algunos amigos. Eran mensajes cortos, sobre la fecha en que llegaría a algún sitio o indicando que se encontraba bien. De vez en cuando volvía a su casa. Con las dos mujeres con las que convivió mantenía una relación compleja, como marido y protector, pero nunca como amante.

A Garavito le gustaban los niños y era muy cariñoso con ellos. Pero al alcoholizarse su violencia afloraba y se convertía en un monstruo. Golpeaba a las dos mujeres con las que convivió en diferentes momentos. Curiosamente, nunca le pegó a los dos hijos que cada una de ellas tenía, y que eran fruto de otras relaciones.

monstruo

Sobre eso, Garavito escribió:

“Siempre desde niño tuve muchas frustraciones. Todo me salía mal. Yo fui un hombre bueno. Sufría y me daba mucho dolor cuando los demás sufrían. Había algo que me acontecía. No sé, que repasaba era algo extraño que me obligaba a ser esto y embriagarme. Cuando volvía a mi estado normal yo sufría terriblemente porque yo a nadie le podía contar qué era lo que me pasaba, que era algo extraño y terrible. Nunca me metí con los hijos de mis amigos y de la gente que era buena conmigo. Yo los respetaba, antes los aconsejaba al bien. Los veía como si fueran mis propios hijos. Mas la señora que compartió el techo conmigo al hijo de ella yo lo quería como si fuese un hijo mío. Nunca lo irrespeté ni con mi pensamiento”.

Andanzas por el país

Llegó a recorrer cinco veces todo el país, viajaba sin rumbo fijo. Visitó sesenta y nueve municipios, en treinta y tres de los cuáles cometería sus crímenes. Llegó a inventar dos Fundaciones. Una para ancianos y otra para menores. Estas le permitían dar charlas en escuelas y en otros lugares en donde podía estar cerca de niños.

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Juan González,una de las victimas de Garavito

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