LOS FIORDOS DE BJLAËN

«En los remotos fiordos noruegos de Bjlaën, cuatro científicos descubrirán un ecosistema primigenio desplazado en el tiempo, lleno de fauna y flora irreconocible, en el que unos misteriosos seres guardan celosamente el más terrible de los secretos de nuestro planeta”

Prólogo

El sargento sentía la fina lluvia azotar suavemente su rostro. Las pequeñas gafas incrustadas en su cabeza permanecían perladas de diminutas gotas de una lluvia horizontal de proveniencia indefinida. Aquel hombre apenas distinguía los inmensos riscos que rodeaban aquel remoto paraje debido a la densa niebla que flotaba en el ambiente. Desde que había desembarcado en ese oscuro fiordo al norte de Tromso había notado que hasta la meteorología poseía un vago deseo de deshacerse de él y de sus hombres en uno de los lugares más agrestes de la compleja área septentrional de Noruega. Pero las órdenes eran claras: estabilizar los puntos estratégicos del ejército alemán. Tras la toma de posiciones de aquella primavera de 1940, las tropas del tercer Reich debían explorar más allá de los puntos establecidos como básicos para evitar posibles sorpresas y acabar de controlar todo el territorio. No cabía duda que los pensamientos de aquel soldado iban mucho más allá. Había que demostrar que la máquina militar más poderosa del planeta había tomado posesión incluso de aquella inhóspita zona, alcanzando hasta los lugares más recónditos del orbe para instalar el orden y la cordura en un mundo necesitado de una nueva perspectiva: la suya. Pero ni toda la petulancia militar acumulada conseguía tranquilizar a aquel hombre extraviado en aquel remoto paraje.

Al volver la vista al bosque de sombras un desasosiego apenas perceptible se apoderó de él. Esperando en la playa vio que sus hombres volvían del pequeño poblado que se encaramaba en las rocas.

-Informe-el diálogo del sargento era escueto, necesitaba salir cuanto antes de aquel lugar.

-El registro no ha producido ningún incidente-dijo un hombre espigado con cara angulosa que había sido el encargado de hacer el reconocimiento de la aldea-no son hostiles. No hemos conseguido que pronuncien ni una sola palabra, al parecer los habitantes del pueblo no hablan ni noruego…

Aquel dato no acabó de extrañar al sargento. En el límite del pueblo podían verse entre la niebla una serie de formas vestidas con harapos que los observaban desde lo alto como fantasmas. Sus ojos volvieron a desplazarse hacia su subordinado.

-¿No hay resistencia entonces? ¿Crees que todos los hombres estaban allí?

El hombre espigado se giró, encontrando la mirada de uno de los aldeanos que había tratado de interrogar. Eran repulsivos, había encontrado en sus rostros una fisionomía indescriptible de aquellos que poseen un profundo grado de endogamia. Algo le decía que aquellos hombres y mujeres no estaban cooperando.

-Señor, creo que sería mejor echar un vistazo en el bosque. Puede que haya algo más ahí dentro- el sargento miró la embarcación con la que habían llegado con ansiedad reprimida, como si quisiese abandonar aquel lugar sólo ante la idea de tener que penetrar aquella barrera verde y gris. Finalmente sus ojos se cruzaron con la imperturbable mirada de su subordinado que parecía ansioso por desafiar aquel enigma.

-La niebla no nos va a ayudar-los ojos intentaban penetrar más allá de las sombras ciegas que se le ofrecían como muro infranqueable- Organicémonos en grupos de cuatro. Dos grupos por la izquierda y dos por la derecha, en abanico. Veremos qué hay ahí dentro. Un grupo aquí en la playa, al lado de la embarcación.

-No os separéis-ordenó el hombre de la cara angulosa-Ante todo grupos compactos, no sabemos qué hay ahí dentro-los soldados se miraron nerviosos, como advirtiendo la presencia de algo impalpable en aquel conjunto de ramas y troncos inanimados. Sólo oían sus voces. El silencio estaba consiguiendo reverberar en el interior de sus cabezas.

Los hombres se desplegaron ordenadamente desde la orilla hacia el interior del bosque, dejando atrás la lancha de desembarco que habían utilizado para llegar hasta la bahía. El sargento y tres hombres se quedaron junto a la embarcación mientras sus compañeros se internaban en el bosque donde no se vislumbraba sendero alguno. Cuando giró la vista hacia las casas destartaladas de la falda empedrada del fiordo, se dio cuenta de que todos los habitantes habían desaparecido. Esa visión del pueblo sin almas inquietó aún más al militar. Algunas cabezas salieron del interior de las casas, inexpresivas, en espera de algo.

Una, dos ráfagas. De repente empezó a oírse el sonido de las metralletas y gritos provenientes de todas partes desde la fronda arbórea. Órdenes de replegarse, de no desunir el grupo. El caos más absoluto parecía haberse adueñado de aquel lugar que hace apenas unos minutos poseía un silencio sobrenatural. El sargento miró a los habitantes, esperando que se escondiesen. Pero no reaccionaron, como si los gritos de pánico de los alemanes y la masacre que se estaba dando tras el telón de niebla fuese lo más normal del mundo.

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