Tras de ti

 

Su pálida silueta y temperamento travieso vino a regalar a ésta, mi lúgubre morada, la vida de la que tanto carecía.

Su frágil figura recorriendo los rincones de la casa, el sonido de sus delicados pasos correteando por el salón y aquellas risas inesperadas mientras juega entre los rosales secos del jardín, se han convertido en la tierna música que endulza mis oídos y da paz a mi corazón.

Sin embargo, hoy su rostro parece no ser el mismo. Su conmovedora y tierna sonrisa parece haberse ensombrecido de repente, dejando entrever un rictus de profunda pesadumbre y desgarradora melancolía.

Los grises días de este gélido y cruel invierno siguen pasando veloces y dramáticamente vacíos.

Mientras me encontraba divagando entre mis pensamientos y sorbía lentamente mi taza tibia de té, le vi pasar. Una opresión casi sobrenatural se posó en mi pecho al oír el eco sordo de sus desconsolados sollozos como si brotasen de las mustias paredes de la habitación.

Iba con un andar cansino y la mirada perdida en quizás qué mundos de fantasía infantil. Le llamé por su nombre tres veces, pero no parecía escuchar, lucía completamente absorto en remotos universos. Mientras un solitario silencio sepulcral acompañaba el eco de mi exánime y temblorosa voz.

-¡Aiden!, ¡Aiden! ¡Aiden!…

Repentinamente comencé a verle recorrer las habitaciones de la casa de manera errática. Deambulaba sin destino entre todos aquellos herrumbrosos e interminables aposentos.

Sus piececillos ligeros como plumas, cruzaban de habitación en habitación, como dejándose llevar por el más cándido de los juegos.

En un arranque de inocencia, decidí seguirle. Quizás en un intento vano de hacerle olvidar su profunda desazón.

Oculta tras el dintel de la puerta, comencé a contar desde cien hacia atrás, susurrando cada cifra, una a una, pausadamente, para de esa forma dar inicio nuestro incierto y súbito juego.

Con la vista cubierta con una mano, los números se deslizaban suavemente entre mis labios mientras el leve murmullo de su respiración reverberaba entre los mohosos muros de la habitación.

De pronto, mientras atisbaba por entre mis dedos, logré verle intentando musitar palabras mudas, secretas, como intentando advertirme de algo que me fue imposible comprender.

Detuve el conteo de improviso al observar con sorpresa que, conforme a cada segundo que pasaba, su diminuto rostro lucía más demudado y preso del pavor que nunca.

Sin duda algo peculiar y pérfido le estaba sucediendo.

Sus fulgurantes ojos estaban posados en algo. Algo o alguien que se encontraba justo detrás de mi.

Sin musitar palabra alguna, posé mi dedo índice sobre mis labios en señal de silencio y comencé lentamente a girar mi cabeza para ver de qué se trataba. Pero bruscamente devolví mi mirada hacia él.

Sus pequeñas manos giraban y sacudían con inusitado apremio aquella deslucida y gastada perilla de bronce del desvencijado armario del salón. Sin quitar ni un solo segundo los ojos de “aquello” que parecía estar tras de mí, o de él, finalmente logró abrir la atascada puerta. Se internó en el añoso closet y el golpe producido por la puerta al cerrarse resonó con un escalofriante y poderoso estrépito, denotando la poderosa intensidad de su miedo.

Aguardé en total y absoluto silencio.

Me armé de valor y con el cuerpo temblando por la mezcla cruel que produce la duda y el temor, decidí voltearme.

Mientras mi visión se acercaba peligrosamente a develar aquello tras de mi, otra fuerza inexplicable parecía estar deteniéndome, anclándome con fuerza al piso y dándome la aterradora sensación de que lo que estaba decidida a hacer no era en absoluto correcto.

De pronto ambas puertas se abrieron de par en par, como movidas por una fuerza descomunal, dejando a la vista al pequeño Aiden.

Su mueca de profundo terror y el grito desgarrador que le siguió me dejaron completamente sin aliento.

-Aiden, soy yo, todo está bien… tranquilo…tranquilo…calma.

Intenté contenerlo en mi regazo pero se rápidamente se desvaneció.

Esa noche no fui capaz de conciliar el sueño.

Seguía preguntándome qué podría estar haciéndole sentir tal espanto, y qué era aquello de lo que intentaba advertirme.

No podía esperar más. Debía averiguar algo, lo que fuese, y lo antes posible.

Entonces rápidamente dirigí mis pasos hacia donde estaba completamente segura que podría hallarle.

La espesa niebla cubría con su gigantesco e interminable velo blanco la densa hierba. Mis pálidos pies descalzos sentían como la gélida humedad del pasto y el lodo iban envolviendo cada huella. Mientras, el ácido y penetrante perfume de los cipreses se hacía más y más acentuado en su delicado ondear sobre la sutil brisa de la madrugada.

Abrazada por la profunda oscuridad de la noche e iluminada solo por el tímido fulgor de la luz de la luna, busqué a tientas, siguiendo puramente el soplo incierto de mi adormecida intuición.

De pronto, supe que me hallaba en el lugar exacto.

 

Me arrodillé a un costado de ésta, su abandonada y vetusta última morada y comencé a orar.

-Estoy aquí a tu lado, haciéndote compañía.

Sea lo que sea que esté tras nosotros, lo vamos a enfrentar juntos.

No hay nada que temer.

Cuando el alba comenzó refulgir en lontananza, me levanté acaricié suavemente el decrépito mármol que le acunaba. Y deseando que aquella caricia llegara a tocar su rostro y le regalara algo de consuelo a su atribulado corazón, me tendí sobre el pasto y me dispuse a llevar a cabo la quizás más incierta de todas las esperas.

 

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