MI PUEBLO. Un Cuento de Navidad

‘Mi pueblo es el mejor’ • Los municipios deben enviar una foto simpática en la que participe un número representativo de vecinos

(Concurso organizado por  Diario Palentino)

pueblo

Bien se pudiera decir que mi pueblo y el hombre prácticamente nacieron en el mismo día, pues la historia de su origen se pierde en los tiempos. En el transcurso de los siglos, gobernantes invasores, procedentes de muy diversos lugares, dejaron su huella, y con ella parte de sus tradiciones y costumbres, que al mezclarse, forjaron poco a poco lo que sería el carácter y la personalidad de sus gentes. Pero, este relato no va de historia, sino de leyendas, o mejor dicho, de “la leyenda”. La leyenda que marcó para siempre a mi pueblo.

Cuenta la tradición, que hace muchos, muchos años, llegó hasta nuestras tierras un joven mago. De donde venía, o para qué, nadie supo nunca dar razón, al igual que de su apariencia física, unos dicen que era moreno y delgado, otros que si rubio y bajito,  en lo único en que parece que sí que todos se ponen de acuerdo es en cuanto a su carácter y su forma de proceder, todos concuerdan en que era un joven amable y bondadoso que ayudaba a cuantos podía, aunque solo fuera a base de consejos y sabias palabras, también que del  tiempo que estuvo entre nosotros realizó grandes prodigios, y sin duda, lo mejor, lo más maravilloso, fue su regalo de despedida, cada año, coincidiendo con la fecha en que estuvo entre nosotros, todos los habitantes de mi pueblo, fueran adolescentes, adultos o ancianos,  se convertirían de una manera mágica y milagrosa, nuevamente en niños durante unos días.

El rumor de tan sorprendente suceso, evidentemente, no tardó en propagarse, primero por los pueblos vecinos, y poco a poco por todo el mundo conocido, las consecuencias eran previsibles, para las fechas señaladas, multitud de hombres y mujeres venidos de todas partes querían también ser partícipes del milagro. Primero fueron gente curiosa, pero luego mercaderes ávidos de negocio, guerreros ávidos de poder, y brujos ávidos de secreto irrumpieron en la tranquila y placentera vida de mi pueblo, que ahora crecía incontrolablemente para convertirse en una ciudad caótica, llena de desigualdades, de violencia y de locura desenfrenada. Muchos eran los que clamaban al cielo para que el milagro  no volviera a producirse nunca más, pero el milagro seguía año tras año, y ante tal situación, algunos, entre ellos yo, decidimos abandonar el pueblo, aunque el coste tuviera que ser renunciar al preciado don.

Hace unos días mientras daba un paseo pensando precisamente en que estábamos en las fechas del  milagro, un niño me salió al paso diciéndome que yo le recordaba a alguien a quien había conocido tiempo atrás, me sorprendió, en la época que me mencionaba, aparentemente, el muchacho ni siquiera debería  de haber nacido todavía, me invitó a su casa, y movido, más por la curiosidad que por cualquier otra cosa, acepté gustosamente.

En una modesta y humilde vivienda, un montón de chiquillos se agolpaban en torno a una mesa dispuestos a disfrutar de una velada, en la que a juzgar por lo que estaba viendo, faltaban alimentos pero sobraban ilusiones, me contaron su historia, al igual que me sucediera a mí, ellos también decidieron abandonar el pueblo hacía ya mucho tiempo cansados por todo los que estaba pasando en él, pronto pudieron comprobar con sus propios ojos que el resto del  mundo, ese al que habían huido, no se diferenciaba demasiado de aquello en lo que su pueblo se estaba convirtiendo, guerras, pobreza, hambre, enfermedades, injusticias, donde las buenas costumbres parecían haber desaparecido por completo de sus gentes, un mundo en el que nadie conoce a nadie, aunque te cruces con esa persona a diario en la escalera o en el ascensor de tu propia casa, pero todo lo malo también tiene su parte buena, y encontraron también a otras muchas personas que se preocupaban por los demás, por los necesitados, los marginados, los enfermos, gente que luchaba por intentar hacer del mundo un lugar mejor para vivir, finalmente aprendieron que a cada uno le pertenece la elección del lado del que quieren estar, y entre otras cosas, ellos había decidido no renunciar al preciado don con el que fueron obsequiados, ser niños por unos días y disfrutar de todo lo que eso lleva consigo, inocencia, alegría, sueños, esperanza, por eso fue que a pesar de estar lejos de su hogar el milagro también se cumplía en ellos.

A la mañana siguiente me levanté muy temprano, fui al centro comercial, y compré regalos para todo aquel de cuyo nombre me acordaba. Volví al pueblo, al pasar junto al escaparate de la vieja tienda ahora convertida en supermercado de multinacional, me detuve al ver mi imagen reflejada en él, dos lágrimas de felicidad resbalaron por mis mejillas, el cristal me devolvía nuevamente a aquel niño pelirrojo, gordito y lleno de pecas que un día abandonó a sus gentes en busca de un mundo mejor, renunciando a aquello a lo que nunca debió renunciar.

Por cierto, se me olvidaba, mi pueblos se llama… ¡Navidad!

Fran González  

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