MÁS ALLÁ DE LA REDENCIÓN

MÁS ALLÁ DE LA REDENCIÓN

 Redención:

  1. Resultado de redimir o librar a alguien de una mala situación o dolor. (Redención de los pecados).
  2. Rescate del que está cautivo pagando una cantidad por ello.

Víctor es una persona de mediana edad que trabaja en la oficina de correos de la ciudad ubicado justo frente a su casa. Esto, unido a la personalidad huraña y poco dada a socializarse con los demás, ha hecho que éste solo tenga por costumbre realizar, casi a diario, el mismo recorrido en su quehacer diario, solo interrumpido en contadas ocasiones en las que algún hecho extraordinario en su vida le obligó a cambiar sus hábitos, como pudo ser la visita de algún familiar o algún motivo de fuerza mayor.

Con esto no quiero que Víctor parezca una persona problemática o difícil. Él solo es eso, una persona que se siente más cómoda lejos del común de los mortales, en sus rincones preferidos como son su casa, su oficina o el banco en el parque al que acude algunos domingos para degustar algún libro mientras el sol se encuentra en lo más alto del cielo de la ciudad.

Cabe decir también que nuestro protagonista no es de la ciudad, pertenece a otra ciudad cuyo nombre no viene al caso y que se encuentra a una distancia lo suficientemente grande como para poder recibir la visita de su madre o hermana, únicos parientes cercanos que le quedan en su familia.

Es una mañana como cualquier otra mañana de los últimos siete años y Víctor se dispone a salir de su casa en dirección a la oficina donde trabaja. Para ello solo tiene que cruzar la calle. Como cada mañana, el introvertido empleado de la oficina de correos saluda, con voz casi inaudible para los demás, a sus compañeros y primeros clientes de la mañana para seguidamente ocupar su puesto de trabajo y sumirse en sus responsabilidades.

Afortunadamente para él su trato con el Público es casi nulo. Su función está mucho más centrada a temas administrativos por lo que el trabajo le permite muchas horas de soledad y tranquilidad. Y es que Víctor, desde pequeño, ha sentido la necesidad de sentirse relajado y tranquilo pero, aunque siempre buscó la manera asegurarse estar en tranquilidad, lejos del bullicio que rodeaba las vidas de las otras personas que fueron pasando por su vida, lo cierto es que, en su interior sentía que nunca era suficiente, que su necesidad de calma espiritual nunca quedaba completamente saciada. Probablemente esto le llevó a ser la persona que es, poco dada a conocer gente nueva o a relacionarse con los demás, Pero también es cierto que, en contraposición a esto, tantas horas de soledad y tiempo para sí mismo le ayudaron a conocer y desarrollar muchas facetas de su personalidad que, de otro modo, nunca hubiera podido lograr. Además, Víctor es un gran amante de la lectura. La novela histórica y biográfica, las que más le apasionan.

Es casi la hora de salida y Víctor comienza a mirar por la pequeña ventana que le da acceso a ver el exterior de la calle, aquella que tan bien conoce. Todo sigue como siempre, las personas pasan de un lado al otro, viviendo sus vidas, ajenas al resto de las personas que se entrecruzan.

De repente, a Víctor le llama la atención una chiquita, una niña que se encuentra sentada en el suelo en la carretera. La niña viste unas ropas que parecen casi de otra época y se encuentra muy sucia. A Víctor hay algo que le sorprende aún más que ver a una pequeña niña sentada en la carretera y es la actitud de los transeúntes. Ninguno parece prestar atención a la niña, todos siguen el curso de sus vidas sin importarles lo más mínimo la peligrosa situación en la que se encuentra la pequeña.

Víctor: No puede ser. Nadie hace nada. ¿Es que nadie va a sacar a esa niña de la carretera?, ¿Y sus padres, donde están sus padres?

 Inmediatamente después de hacerse estas preguntas en voz alta, Víctor sale en dirección a la calle para hacer él mismo lo que ninguna otra persona parece estar dispuesta a hacer. Pero, para su sorpresa, al atravesar la puerta de salida, Víctor se da cuenta que ya no está la niña en la carretera. Los coches pasan en ambas direcciones de forma fluida y las personas siguen su camino por ambas aceras. Las luces de las farolas ya encendidas, alumbran la calle. Pero la niña no está. Víctor pone cara de incredulidad y comienza a caminar y a mirar por todas partes bajo la atenta mirada de un gato callejero que se encuentra bajo un coche. Pero tras unos minutos de búsqueda, finalmente decide abandonar la idea y tratar de convencerse de que, aunque sorprendente, en el corto espacio de tiempo que tardó de dejar de ver a la niña por la ventana hasta que salió por la puerta de la calle, alguien tuvo tiempo para socorrer a la niña y ponerla a buen recaudo.

Unos minutos después, ya en su casa, el cansado funcionario de correos se encuentra en su tendido en la cama viendo la televisión. La duda de saber que fue de aquella niña le sigue rondando por la cabeza. Pero poco a poco el sueño va venciendo la resistencia de Víctor, hasta que finalmente queda profundamente dormido.

Unas horas más tarde, Víctor despierta totalmente sobresaltado. El motivo, una pesadilla. Éste se incorpora en su cama y comienza a recordar el espantoso sueño que acaba de tener. En él, Víctor se veía dentro de una habitación llena de camas literas, todas vacías. En esa habitación parecía que solo estaba él. Pero el lamento de alguien le hace dirigirse a una de las literas. Y cuando se encuentra frente a la cama de donde parece salir el tan angustioso a la vez que intrigante sonido, puede ver, de forma totalmente nítida, el rostro de un hombre demacrado, casi cadavérico que, agonizante y sufriendo los mayores dolores que una persona pueda conocer en vida, desdibuja su cara alargando de forma antinatural la boca. Sus ojos comienzan a separarse unos de otros, aumentando la distancia que los separa para que, finalmente, el cabello del desgraciado moribundo caiga hasta que la cabeza queda totalmente calva. Fue entonces cuando Víctor pudo poner fin a tan desagradable ensoñamiento despertando. Tuvo que pasar un buen rato para que pudiera, al fin, volver a conciliar otra vez el sueño.

A la mañana siguiente el sueño aún dominaba toda la atención de su cerebro. Las imágenes que allí acontecieron durante la madrugada fueron demasiado reales y detalladas como para pasar desapercibido en tan poco espacio de tiempo. Ese ser, ese pobre ser que, sumido en tan insoportable sufrimiento. ¿Qué quería decir?, ¿Qué significaba todo eso?

Pero Víctor, en un intento de olvidar aquel desagradable sueño, comenzó a ordenar la casa. Cualquier cosa que le permitiera centrar su atención en algo que le liberase de tales incruentas imágenes. Pero su plan no dio ningún efecto. Su cabeza seguía dándole vueltas a las macabras visiones.

Víctor: No logro quitarme de la cabeza este maldito sueño. Y lo que es peor, siento que me voy a volver loco si no comprendo que significado puede tener tan espantosa visión para mí. Creo que necesito tomar un poco el aire. Saldré de aquí, sí, eso haré. Ciertamente necesito salir de aquí y tomar un poco el aire.

 Dicho esto, Víctor se dirige a su habitación y comienza a vestirse y justo cuando pasa por enfrente del espejo, una imagen lo deja totalmente petrificado. Allí, frente a él, un extraño lo observaba con el rostro tan sorprendido como el suyo propio. Aquel que aparecía reflejado definitivamente no era él. No era su ropa ni tampoco su rostro. Víctor, tras unos segundos de total sorpresa, comenzó a analizar aquella imposible visión. Se trataba de un hombre que, aproximadamente, tendría su misma edad pero era un tipo rubio a diferencia de él que era completamente moreno. Y su ropa, vestía un uniforme de soldado completamente inmaculado, sin ninguna arruga y con varias condecoraciones en su solapa.

De repente, Víctor comienza a sentir que sus ojos de nublan y que su consciencia le abandona para acabar cayendo desmayado a los pies del espejo.

Poco después, aun mareado por la caída…

Víctor: ¿Qué me está pasando?, ¿Ha sido un sueño o realmente lo he vivido?, Pero no puede ser. A ver, Víctor piensa, eres un tipo racional. Esto no ha podido ser otra cosa sino un sueño, una ilusión, una mala pasada de mi cabeza.

Y así, Víctor comenzó a intentar tranquilizarse y pensar que todo había sido una pesadilla más.

No obstante, y para asegurarse que no se repitieran las visiones, éste decidió salir a pasear y tomar un poco el aire.

Justo a la salida de su casa una cinta policial aparece cortando la calle. No cabe duda que durante la noche algo ha sucedido en un edifico colindante al de su casa. Víctor se queda mirando el escenario en el que solo queda un resto de sangre en el suelo, justo en el centro del espacio que queda ahora prohibido para todos por la barrea policial.

Un anciano vecino que por allí pasa observa que el joven está de pie mirando con curiosidad dicha escena y sin esperar a que éste le pregunte le comenta:

Anciano vecino: Ya ves, anoche un joven se tiró desde aquella ventana.

Y señalando una de las ventanas del edificio, añadió:

Anciano vecino: Nunca sabe uno que se le puede pasar por la cabeza a una persona para hacer tal cosa. ¿No cree usted?

Pero Víctor, que ni siquiera se había parado a mirar a su improvisado informante, simplemente continuó su camino.

Ya con los últimos rayos de sol del día alumbrando la cuidad, decide volver a casa. En la entrada al edificio encuentra a unos vecinos que conversan despreocupadamente sobre temas banales. Víctor, al pasar por el lado de éstos, saluda fugazmente recibiendo la misma respuesta. Finalmente, llega a su casa. Ya una vez dentro, los sonidos de la cuidad quedan enmudecidos. El silencio y la calma llegan a Víctor que, como dosis para el adicto, lo relaja y tranquiliza. Pero la calma solo dura unos minutos, el tiempo que éste tarda en percibir unas voces que llegan desde la cocina. Víctor comienza a caminar muy despacio en dirección a la cocina. Sus músculos casi agarrotados por el miedo le impiden progresar más rápido. La puerta ya a unos centímetros de distancia aparece ahora con un halo diferente al habitual. Una bajada de la temperatura brutal se hace patente en el apartamento y un aroma a fango y a metralla comienza a invadir todas las estancias de la casa. Los últimos pasos para llegar hasta la cocina se hacen casi interminables hasta que al fin, Víctor llega al indeseado destino. La imagen que éste ve dentro de la cocina lo dejará impactado. Justo detrás de los muebles aparece un campo delimitado por alambradas. A lo lejos puede alcanzar a ver algunos hombres corriendo entre una gran humareda que solo deja ver partes de lo que, sin ninguna duda, es un campo de batalla.

La primera reacción de Víctor es tirarse al suelo. Y lo hace casi como si de un soldado más se tratara, hecho que hace que hasta él mismo se sorprenda. Una extraña sensación de deja vu lo confunde al tiempo que lo anima a querer saber que significa todo aquello. Y cuando éste se dispone a levantarse, una gran explosión le hace salir despedido hacia fuera de la cocina. Su cabeza choca contra la pared del pasillo y queda inconsciente.

Durante casi una hora estuvo inconsciente hasta que tras unos leves movimientos de ojos comenzó a recobrar el conocimiento. Víctor miró a su alrededor y pudo contemplar, para tranquilidad de éste, que el apartamento estaba en silencio. Todo estaba en orden y no había nada fuera de lo normal.

Víctor: ¿Qué me está pasando?, ¿Qué significa todo esto? Debo saber porque… debo conocer que se oculta detrás de estas visiones.

Muy decidido, Víctor se incorpora y se dirige a su portátil. Sin saber muy bien que buscar, comienza a cliquear por páginas, todas ellas referidas a la segunda guerra mundial. Cuando de repente, una fotografía le parece misteriosamente muy familiar. Se trata de una imagen perteneciente al campo de concentración de Auschwitz.

Víctor: Yo he estado ahí. Pero… ¿Qué locura estoy diciendo? Y aun así, sé que yo he estado ahí.

Tras unos minutos con los ojos clavados en la antigua fotografía comienza a observar como la imagen cobra vida. Como si de un pequeño mini cine se tratara, las nubes del cielo reanudan su camino, el mismo que hace ya más de setenta años quedó detenido por la propia naturaleza de la fotografía. Esta misma naturaleza de las cosas que, ahora, y en presencia de Víctor, estaba siendo totalmente borrada para dar paso a lo imposible. Un grupo de personas, todas vestidas con un uniforme de rayas pasan por el frente de la imagen, guiada por varios soldados uniformados y fuertemente armados. Uno de estos soldados le resulta familiar. Y en efecto, se trata de aquel que apareció reflejado en su espejo frente a él.

Una explosión de imágenes e información comienzan a aparecer en la memoria de Víctor, desde algunas en las que se encuentra de pequeño en brazos de una mujer que desconoce hasta otras en las que se encuentra golpeando a personas hasta provocarles la muerte. Toda una serie de imágenes que completaban toda una vida. Una vida que él había vivido.

Una vez que la nueva información, o podríamos decir más bien, la antigua información se acomodó en su memoria, a Víctor ya no le quedaba la más mínima duda de que la identidad de aquel extraño soldado era la suya propia. Ese rostro fue el suyo durante casi cuarenta años.

Pero una lucha en su interior estaba comenzando a fraguarse. Por un lado, él recordaba perfectamente porqué tomo las decisiones que había tomado en su anterior vida. Pero por otro lado, en su actual vida, esas decisiones no tenían ninguna cabida. Contrariado y totalmente fuera de sí, comenzó a reír a la vez que llorar. Víctor, superado por la situación, se tapó los ojos con sus manos y empezó a dar vueltas sobre sí mismo hasta caer mareado en el sofá. Éste, apartando las manos de sus ojos, pudo ver con toda claridad una dirección escrita en el techo. La anotó y seguidamente se dirigió al aeropuerto.

Como en estado de zombi, Víctor sacó un billete en dirección a la ciudad de Berlín. Montó en el avión y, una vez acomodado en su asiento, se quedó profundamente dormido hasta que llegó al destino.

Una vez llegó, su cuerpo pareciera que lo fuera guiando. Víctor sencillamente se dejó llevar. Las calles, aunque cambiadas, le hacían sentir que estaba en casa. Anduvo y anduvo durante horas hasta que, finalmente, llegó a un barrio antiguo. Una casa le llamó especialmente la atención. Se trataba de una pequeña morada muy desconchada pero a la vez muy acogedora.

Víctor entra sin dudar y comienza a reconocer las estancias que dentro aparecen ante sus ojos. Indudablemente, él sabe que alguna vez estuvo allí.

Allí, con la mirada y los pensamientos en otra parte, en joven funcionario queda absorto recuperando recuerdos de su otra vida pasada. Su viaje en el tiempo es de repente cortado por la entrada en la habitación de una anciana.

La anciana comienza a hablarle en alemán y para sorpresa de Víctor, todas cobran sentido en su oído. Entiende perfectamente a la anciana. Y comienzan a tener una conversación imposible.

Tras unos minutos de intenso coloquio, Víctor descubre que la anciana es la hija de un antiguo amigo suyo del frente. Y tras varios intentos por convencer a la anciana de que le de alguna información más de su padre, finalmente ésta accede a mostrarle un baúl en el que guarda parte de las pertenencias que alguna vez fueron posesión del antiguo soldado.

La anciana lo guía hasta una habitación en el sótano y ambos se adentran en ella.

Una vez allí, la mujer le muestra el baúl y abriéndolo ante sus ojos aparece ante ambos una serie de fotografías, cartas y documentos que pertenecieron a su padre. Víctor reconoce en seguida, entre las fotos, a su antiguo amigo junto a él mismo en el frente. Y no acabando de sorprenderse por todo aquello, en el fondo del baúl, como el mayor tesoro de aquella pequeña caja de madera, se encontraba el uniforme de soldado de su antiguo camarada. Víctor no lo podía creer. Ese uniforme estaba como el primer día. Incluso pudo llegar a ver la pistola entre el tejido de la ropa militar. Y entonces una idea apareció por su mente.

Víctor le pidió a la anciana que le indicara donde estaba el baño y así fue como dieron fin a aquel espectacular descubrimiento. Una vez que éste se encontraba dentro del baño, esperó a que la anciana se perdiera por los aposentos para poder volver al sótano.

Víctor se dirigió al baúl y lo abrió como un niño abre una nueva caja de juguetes en la mañana de reyes. Y sin perder tiempo se vistió con el uniforme nazi.

A paso ligero y con gorro en mano, salió en dirección a la calle y comenzó a caminar. Sobra decir que todas las personas que se fueron cruzando con él quedaban sorprendidas a la vez que alarmadas. Algunos le lanzaban improperios, otros simplemente se burlaban. Y finalmente, Víctor, entró en un pub que encontró abierto.

Una vez dentro, todas las personas que allí se encontraban, dejaron lo que estaban haciendo para prestar toda su atención en aquel personaje que, sin esperarlo, aparecía ante sus ojos vestido con aquel uniforme tabú. El soldado, consciente de que su presencia estaba siendo causa de mucha expectación, decidió evitar las miradas y se dirigió a la máquina de música que había en el pub. Se fijó en la lista de canciones y eligió una que tantas veces escuchara junto a sus compañeros en aquellas noches de guerra. Su título, Lili Marleen.

Pero donde él escuchaba la inigualable voz de Marlene Dietrich, todos los que allí estaban solo oían una canción actual. Víctor era el único que podía oír esta canción de otro tiempo. Y anestesiado por la voz de Marlene, el soldado empezó a bailar. Todos comenzaron a reír a su alrededor. Las burlas cada vez más desgarradoras dieron paso a algunos objetos que la gente lanzaba contra aquel soldado de otro tiempo. Y cuando la canción ya comenzó a llega a su final, el soldado se para, se da la vuelta y se quedó impasible mirando a todos.

Un cliente que se encontraba en la barra del bar, se le acerca y, estando frente a él, en tono burlesco, estira el brazo y le hace el saludo nazi.

El soldado lo mira y, aunque con lágrimas en los ojos, sonríe. Y colocando su mano derecha a la altura del corazón…

Víctor: Dios mí, perdóname.

… seguidamente, saca la pistola con la mano izquierda, apunta a su sien y con seco estruendo da por acabada la función.

Resulta curioso contemplar como, por nuestra propia naturaleza humana, nos caracterizamos, entre algunas otras cosas, por la necesidad que tenemos en criticar y juzgar todo lo ajeno, sin preocuparnos de conocer las circunstancias que rodean a los demás. Sin embargo, la vida siempre nos depara situaciones en las que nos demuestra que ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos tanto como suponemos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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