La Visita

 

Con un quejido ahogado, la respiración entrecortada y el cuerpo gélido desperté de golpe.

Un leve suspiro logró salir de entre mis apretados dientes, como respuesta al alivio que me produjo saber que lo que me había estado sucediendo era nada más que solo parte de una espantosa e indeseable pesadilla.

Intenté calmar mi acelerado corazón y respirar profundo, justo como lo había hecho en otras tantas noches interrumpidas por un horrendo y aterrador sueño.

Mis intentos fueron en vano, algo en el aire me decía que no todo estaba bien.

Con extremo esfuerzo logré abrir mis ojos en toda su amplitud, esperando poder ser capaz de vislumbrar algo, lo que fuera, entre aquella espesa oscuridad.

Pero todo lo que se podía ver era aquella perturbadora sombra reflejada en el techo de mi habitación. Aquella sombra que nacía de la extravagante mezcla entre la tenue luz de luna llena y las caprichosas ramas del añoso abeto que se erguía justo a un costado de mi ventana.

Preso de una indescriptible sensación y sin poder ser capaz de hilar demasiado las ideas, pensé que lo mejor sería incorporarme e ir en busca de un poco de agua para aclarar mis pensamientos y de paso mi deshidratada garganta.

Noté como mi garganta estaba imposiblemente áspera, lo que me hacía incluso dificultoso respirar a lo que vanamente intenté reaccionar con una suave tos.

Pero parecía que aún estaba demasiado somnoliento ya que mi cuerpo no estaba respondiendo como debía.

En vista de aquello y con la idea de que el segundo intento sería exitoso, intenté aclarar mi voz con un susurro leve, una sílaba. Sin embargo, los músculos de mi rostro se hallaban dolorosamente agarrotados, y ni un solo hilo de voz podía abrirse paso entre mis resecos labios.

En mi interior comencé a batallar intensamente contra esta extraña sensación. Intenté musitar aunque fuese una sola palabra, un sonido vago, algo que rompiera la dinámica de la desencajante situación. Pero nada sucedió. Nada en absoluto.

Las palabras parecían enjauladas en mi boca sin poder salir.

Profundamente cautivo de un desgarrador desconcierto pretendí mover los dedos de mis manos para así poder alcanzar y encender el candelabro que estaba sobre la diminuta mesa de noche.

Nada más errado.

Mi cerebro enviaba claras órdenes a mis brazos de moverse para alcanzar la caja de cerillos, la vela, algo, pero nada de lo que hiciese parecía ser efectivo. Mi cuerpo no respondía en absoluto.

A esas alturas la desesperación se apoderó por completo de mis pensamientos. Interminables hipótesis de lo que me estaba sucediendo daban vueltas en mi confundida y nebulosa mente. Me repetía una y otra vez, soy un hombre sano, joven, sin más vicios que la lectura de los grandes filósofos griegos. ¿Qué podría estar sucediendo? ¿Será ésta una repentina condición médica que me inhabilitará para toda la vida? ¿Será que aún me hallo en el interior de un sofocante e impresionantemente vívido sueño? ¿Será que mi cuerpo aún guarda el aliento de la vida o estaré cruzando ya el Estigio en esta desconocida y demencial barca?

Mientras mi mente sofocada y confusa se anegaba de pensamientos erráticos y fatalistas, repentinamente un inquietante sonido se apropió de mis sentidos.

El volumen e intensidad de éste fue aumentando paulatinamente hasta tornarse en un eco ensordecedor.

La vibración que producía aquel extraño sonido era tan intensa y profunda que podía sentirla reptando por toda la piel. Haciendo temblar cada uno de mis poros.

Luego de unos segundos pude reconocer aquella demencial resonancia como algo familiar.

Se trataba del singular sonido que me había estado despertando durante la madrugada, los últimos tres días.

Ese sonido abyecto y detestable que se había infiltrado en mi habitación días atrás, invadiendo mi ya deteriorado y febril sueño. Era un sonido sordo, blanco, nulo, pero a la vez lleno de vida, como el que produce el cielo abierto antes de la tempestad en mar abierto.

Se podía oír claramente al interior del cuarto, como si brotase de las enmohecidas y mustias paredes de pálida roca. El ambiente se hacía cada vez más enrarecido y denso convirtiendo la experiencia en un suplicio horriblemente insoportable.

De pronto una insana y perturbadora sensación me recorrió desde la punta del cabello hasta el extremo de mis pies.

Comencé a percibir mis brazos como si pesaran toneladas. Los dedos de mis manos parecían retraerse violentamente convirtiéndose en garras de animal y mis pies se sentían como anclados, atados con gruesas cadenas invisibles a la base de mi cama.

Dentro de mí, el miedo, la ira y la turbación pudieron más y arrasaron con todo lo que me quedaba de lucidez. Solo deseaba salir de aquel enloquecedor estado catatónico y poder volver a la normalidad, pero eso parecía muy lejos de ser posible.

Creí que aquellos ahogados y desesperados gritos se transformarían en los últimos sonidos que mis secas y agarrotadas cuerdas vocales podrían producir.

En aquel instante, y como si ya el infierno que estaba viviendo no estuviera completo, una extraña sensación de estar siendo observado me inundó de repente.

Esa sensación que todo ser humano alguna vez, ya sea tarde o temprano, ha de experimentar con un horror indecible, estaba ocurriéndome en ese instante preciso.

La escena en su aterradora e impredecible complejidad se hacía ya insostenible. Mientras mis enmarañados pensamientos entraban en un estado de desesperanza total y absoluta, comenzó a ocurrir lo que ni en mis más aterrorizantes pesadillas habría tenido lugar jamás.

Una masa oscura e imponente se deslizaba al ritmo de adagio hacia el interior de la habitación para luego conformarse en una silueta deforme e imponente.

A medida que se acercaba a los pies de mi lecho, podía ver como aquella nebulosa se materializaba más y más. Sus formas eran cada vez más reconocibles, sus rasgos profundamente monstruosos y sus ojos incrustados y vacíos no hacían nada más que me llenarme de una horrible y repulsiva sensación de indefensión.

Nada peor podría estar sucediendo. Ese debía de ser el final.

-Sea lo que sea que está aquí conmigo en la habitación no dejará que quede ni un solo hálito de vida dentro de mi cuerpo inerte.

Con ese último fatídico pensamiento, intenté cerrar los ojos como pude, para así no tener que ver de cerca a aquello que estaba seguro me quitaría la vida, pero me fue imposible.

Las garras de ‘aquello’ alcanzaron mi cuello con extrema rapidez. Sus monstruosos y poderosos dedos comenzaron a clavarse en mi garganta como afilados cuchillos avernales, sin un ápice de misericordia.

De pronto en medio de una indescriptible desesperación e impulsado por el vigor de mi último aliento, sentí que algo fresco y sutil se deslizaba sobre mi.

Una mano tibia y delicada acariciaba mi cabello con una dulzura infinita. Otra, dotada de un titánico y hercúleo poder, atravesaba sin dificultad alguna a la oscura criatura que estaba estrangulándome, hasta desintegrarla lentamente como por arte de algún milagro.

La paz inundó mi alma. Quizás nunca en toda mi pesadumbrosa vida había sentido un alivio tan profundo.

Un largo cabello color cristal se posó sobre mi frente, y en medio de aquella extraña visión, pude vislumbrar con extrema claridad un rostro lívido, plácido, que sostenía una sonrisa pura y llena de luz.

Delicadamente, se acercó a mi oído y susurró con una voz seráfica y llena de compasión:

-Estoy aquí para protegerte, y siempre lo estaré. No temas y descansa.

Un soplo etéreo y prístino se posó sobre mi rostro suavemente y la placidez más insondable me envolvió por completo.

La serenidad y la eufonía regresaron ipso facto, y por fin mis ojos pudieron volver a cerrarse.

Como si me hallase protegido en el interior de una delicada burbuja de cristal, me fue posible oír como el zumbido desaparecía por completo, y como aquella oscura silueta se deshacía para volverse una especie de humo negro que flotaba ayudado por la brisa, ventana abajo.

El resplandor de aquel rostro y aquella cálida sonrisa son algo que jamás se podrá borrar de mi ya anciana memoria.

Han pasado ya cuarenta años desde que fui testigo de aquella sublime pero perturbadora experiencia, refugiado ad aeternum entre los vetustos anales del monasterio en busca de respuestas.

Sin embargo, angustiosamente lo único que he sido capaz de hallar entre millones de mohosas páginas y gélidos pasillos, no es nada más que una lista de interminables, aterradoras e inquietantes interrogantes que aún no tienen respuesta y quizás nunca la tengan, por lo menos no en este mundo?

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Pam

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