LA PROMESA

La gran mayoría de las leyendas populares que han llegado hasta nuestros días ha sido gracias a la tradición oral, que con el paso del tiempo, y que con mayor o menor acierto, los amantes de este tipo de historias, poco a poco han ido registrando en cuentos, novelas, y últimamente en cientos de páginas en la red.  Sin embargo, también han habido genios de la literatura universal que han dedicado un espacio a las leyendas, como en el caso del poeta español Gustavo Adolfo Becker, que con sus “Rimas y Leyendas” rinde homenaje a estas historias a veces, románticas, a veces fantásticas y a veces terroríficas. Y sin duda, una de las que cumple con todos sus requisitos al completo, sea aquella a la que el poeta tituló “La Promesa”

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Contaba el poeta en su leyenda, que la joven Margarita lloraba desconsoladamente día y noche, a causa de que su amado debía partir a la guerra.  Por todos los medios intento que Pedro, que así se llamaba el afortunado joven, desistiera en su empeño de querer ir a la batalla, este argumentaba que como buen escudero le debía fidelidad a su señor, el Conde de Gómara, y que debía de acompañarlo allá donde este fuera, aunque ese lugar fuera ir al encuentro con la muerte. Pedro, para consolarla, le promete que él  no morirá, y que volverá para casarse con ella.

Al día siguiente los hermanos de Margarita la llevan a ver partir el séquito que va a la guerra, Margarita cae desmayada, su amado, aquel a quien creía un leal y fiel escudero, era en realidad el propio Conde de Gómara.

A pesar de que sus enfrentamientos en las batallas se contaban por victorias, el conde estaba cada vez más pálido y nervioso, y pasaba la mayor parte del día, cuando no estaba en la lucha, sumido en sus propios pensamientos. Su escudero le pregunto cuál era el motivo de su aflicción, quedando asombrado y aterrorizado por la confesión que el Conde le hizo.

Cierto día su caballo se desbocó y empezó a correr como si estuviera poseído en dirección al enemigo, pero cuando a punto estaba de caer en sus redes, una mano surgió de la nada, sujetando las riendas del caballo, y parándolo al instante. En otra ocasión, en que también apareció de la nada, cogió en el aire una flecha que se dirigía directamente a su corazón.  Otra vez, en una noche en la que se encontraba enfermo con mucha fiebre, la vio descorrer la cortina de su habitación y llevarle un vaso de agua, era una mano hermosa, aunque muy pálida, también la había visto escanciar el vino a sus invitados, incluso aseguraba que la estaba viendo mientras hablaba con el escudero. Como era de suponer, este lo tomo por loco.

Mientras esto sucedía, cerca de la tienda de campaña del rey vieron un personaje extraño medio romero, medio juglar, vendía baratijas y contaba historias, cuando se acercaron empezó a entornar un romance: “El romance de la mano muerta”. Cantaba su historia: una chica enamorada de uno que se hacía pasar por escudero, todas las estrofas terminaban con un estribillo: ¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!  Ella temía que con el conde se le iba su honra, y u hermano la mata por haberlos deshonrado. Una vez enterrada, y para el asombro de todos, la mano emergió de la sepultura, por mas que lo intentaban, la mano siempre aparecía.

El conde le pregunta que de dónde había sacado el romance, contestándole el juglar que del pueblo de Gómera. Inmediatamente y movido por un sobrenatural presentimiento, el conde fue a Gómera, efectivamente, Margarita había sido asesinada por uno de sus hermanos por causa  de haber perdido su honra con quien ella creía ser un joven y fiel escudero. El conde se arrodilló ante la tumba de la joven, cogió su mano, y le dijo que había vuelto para cumplir su promesa, fue allí mismo donde un sacerdote celebró la ceremonia nupcial, y fue justo después de poner el anillo de desposada en la mano muerta, cuando esta se hundió nuevamente en la tierra, se supone, para siempre.

Dicen que en la actualidad, en el cementerio existe un pequeño trocito de prado, que al llegar la primavera se llena de pequeñas flores, diciendo la gente que es justo en ese lugar, donde todavía se encuentran enterrados los restos de Margarita.

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Muerta la llevan al soto,
la han enterrado en la umbría;
por más tierra que la echaban,
la mano no se cubría:
la mano donde un anillo
que le dio el conde tenía.
De noche, sobre la tumba,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!

Gustavo A. Becker

 

Fran González

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