LA GUERRA DE LOS MUNDOS. El día en que los extraterrestres atacaron La Tierra,

«Señoras y señores: tengo que hacer un grave anuncio. El extraño objeto que cayó esta tarde temprano en Grovers Milis, Nueva Jersey, no era un meteorito. Por increíble que parezca, el objeto contiene seres extraños que, según se cree, constituyen la vanguardia de un ejército proveniente del planeta Marte.»

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Pocos minutos después de las ocho de la noche del domingo 30 de octubre de 1938, una voz sombría interrumpió una emisión de radio para advertir a los americanos: «Señoras y señores, tengo que hacer un grave anunció…Las palabras que siguieron, emitidas en un programa que se difundía a través de una red que abarcaba todo Estados Unidos, causó notables escenas de pánico.  El tono de la voz del locutor denotaba que se sentía nervioso, aterrorizado. Los marcianos, repugnantes criaturas de piel correosa, se estaban desplegando. La policía de Nueva Jersey se precipitaba a interceptarlos. Se oyó más música, otros anuncios febriles, seguidos de silencios escalofriantes. La gente estaba pegada a sus receptores. Se llamaba a los vecinos para que también oyeran. Se telefoneaba a los parientes para alertarlos. A través de toda América, la gente comenzó a ser presa del pánico. Entonces, el locutor, nuevamente en el aire, balbuceó: «Conectamos ahora con Washington, para dar difusión a un mensaje de emergencia nacional formulado por el secretario del ministerio de interior».

En realidad tan solo se trataba de una obra radio teatral narrada por una voz magistral que le imprimía un realismo impresionante. La Columbia Broadcasting System y sus emisoras filiales presentaban a Orson Welles y su Teatro Mercury del Aire en “La Guerra de los Mundos” basada en el libro de I.G. Wells, pero a los oyentes les pasó totalmente desapercibido la presentación de que se trataba de una recreación, tan solo se centraron en las palabras de Welles “Ahora sabemos que, desde comienzos del siglo XX, nuestro planeta está siendo observado muy de cerca por inteligencias más desarrolladas que la humana.

A pesar de las 16 representaciones radiofónicas del Teatro Mercury, la cuota de audiencia apenas llegaba al tres por ciento, y los empresarios de la CBS habían lanzado el ultimátum, el programa del 30 de octubre probablemente sería el último para Welles y su grupo. Durante cinco días con sus cinco noches ensayaron la obra una y otra vez, y diseñaron la manera de captar esa audiencia que se resistía. Aquella la noche, la suerte jugaría a su favor.

El programa líder de audiencia en esa franja horaria, era el show de Charlie McCarthy, que casualmente ese domingo presentaba a un nuevo y desconocido cantante como atracción principal. Presentado a las ocho y diez minutos, el cantante no resultó ser del agrado de los oyentes, que iniciaron una búsqueda por los diferentes diales en busca de algo más interesante. Cuando captaron la Guerra de los Mundos, los anuncios preliminares ya se habían realizado, si añadimos, que entre esta y a la recreación,  se ofreció la información meteorológica, muy pocos disponían de indicio alguno de que lo que estaba escuchando era unas obra de radioteatro. Toco cuanto sabían era que algo extraño estaba ocurriendo en la costa oeste..

El locutor de la CES se lo estaba diciendo… A continuación se oyó una música suave: un toque sutil para mantener ansiosa a la gente, para mantenerla incómoda, sobre ascuas. ¿Qué estaba ocurriendo? El locutor interrumpió la música de nuevo.

Se escuchó una voz solemne que incitaba a la población a no ceder al pánico; pero con el mismo tono, se le decía que los marcianos que aterrizaban no lo hacían solamente en Nueva Jersey. Habían caído a tierra vehículos espaciales en todos los estados de la Unión. Miles de civiles y de soldados habían sido ya barridos por armas de rayos letales. Se emitieron entrevistas con testigos oculares, muchas de las cuales corrieron a cargo del brillante actor Joseph Cotten. El testigo narraba cómo había visto aterrizar objetos llameantes, de los que luego emergían repugnantes seres; cómo los rayos letales habían arrasado a miles de personas; hasta qué punto los extraños alienígenas resultaban indetenibles. Uno de los actores de Welles desempeñó el papel del presidente de los Estados Unidos y advirtió al pueblo americano contra los peligros del pánico. El programa terminó con un locutor que, desde la cúspide del rascacielos de la CBS, gritaba que Manhatann estaba siendo invadida.

Los que oyeron el programa desde el principio hasta el final advirtieron que todo había sido solamente una obra de radioteatro, pero muchos otros fueron dominados por un ataque de pánico. En Nueva Jersey, donde se había dicho que los marcianos hablan aterrizado primero, los caminos estaban atestados de automóviles que corrían hacia las colinas. Familias enteras salieron de sus casas con toallas mojadas alrededor de las cabezas, en la creencia de que esto les salvaría de los nauseabundos gases espaciales de los que se habla hablado. El mobiliario y los objetos valiosos habían sido apilados en camiones y coches. Había comenzado la estampida. El pánico se expandió a todas partes. En Nueva York, los restaurantes se vaciaron. Las terminales de autobuses y las colas de taxis se llenaron de gente que trataba de llegar a sus hogares para confortar a sus familias. Las esposas telefoneaban a los bares, tratando de localizar a sus maridos.

La noticia seguía corriendo. Los marinos de la armada estadounidense fueron convocados a sus barcos en el puerto de New York, para preparar la defensa de América contra los marcianos. Desde Los Angeles hasta Boston se produjeron denuncias sobre meteoros. Alguna gente impresionable aseguró que, efectivamente, había visto marcianos. Los soldados estatales de reserva fueron llamados a presentarse en sus cuarteles generales como voluntarios para la defensa del mundo. En el sur, mujeres histéricas y llorosas rezaban por las calles. Los servicios religiosos fueron interrumpidos en muchos lugares del país cuando la gente irrumpía para contar las noticias a los fieles. Incluso se produjeron varios casos de intento de suicidio. Las. centralitas telefónicas de los periódicos y las estaciones de radios estaban abarrotadas. El pánico se instalaba en cada rincón, exceptuando lógicamente los estudios de la CES, donde Welles y su grupo continuaba con obra, y aunque fueron advertidos sobre el comportamiento de la masa, minimizaron el hecho atribuyéndolo a un puñado de maniáticos. La policía encargada de custodiar la puerta del edificio donde se encontraba la emisora, ante la imposibilidad de aplacar a la muchedumbre que se arremolinaba en torno a ella, cerraron las puertas y se un ieron al grupo de actores para escuchar el final de la historia.

A la mañana siguiente, Welles vio su nombre en los letreros luminosos de neon en el edificio del New York Times, que en su portada decía “Orson Welles causa pánico”, y ya en sus páginas interiores  “oyentes de radio dominados por el pánico, huyeron de sus hogares para escapar a la invasión  de los marcianos”. Docenas de personas iniciaron pleitos contra la CES; el total de las reclamaciones sumaban 750.00o dólares. Pero todas las demandas fueron desestimadas y, lejos de suprimir el programa de Welles, los empresarios se felicitaban por haber contratado al actor más célebre de América.

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De manera intencionada, como algunos defienden en los últimos tiempos, o no, la emisión radiofónica de la guerra de los mundos está considerada como el más claro ejemplo de hasta que punto los medios pueden manipular las masas.

Fran González

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