LA EVOLUCION DEL MAL


De todos es sabido el especial interés que el ser humano tiene en jugar a ser Dios. De forma paralela a los avances tecnológicos, el hombre, ha tratado en todo momento de imitar todo aquello que ha ido encontrando en la naturaleza. 

En el relato que les traigo a continuación, van a experimentar un hecho que, a pesar de que a día de hoy pudiera parecer imposible, quizás no esté tan lejano el día en el que tal hito pueda lograrse.

evolucion

Adentrada ya la tarde noche en la ciudad del misterio, Alfonso, un intelectual con una vida llena de experiencias por medio mundo, es visitado por su fiel amigo y compañero de aventuras, Jonás. Una invitación motivada por una urgente llamada de su anfitrión.

Alfonso: Mi querido amigo Jonás, el motivo por el que te he invitado esta tarde-noche a mi casa no es por pura casualidad. Ya sabes la gran estima que te tengo. Una estima que responde a tantos años de amistad en los que hemos compartido tantas experiencias. Experiencias que, buenas y malas, nos han curtido como personas además de unirnos cada vez más, hasta ser casi como hermanos. Si, querido Jonás, créeme si te digo que cuando acabó toda esta pesadilla que ahora me dispongo a contarte, pensadilla que yo mismo he vivido en mi propio ser, hasta a mí me ha costado creer que todo lo que a continuación te contaré sea realmente cierto. Pero, amigo mío, mi hermano, de verdad te digo que todo lo que a partir de ahora salga de mis labios se cernirá a la absoluta verdad. Bien sabes que por la confianza que me tienes jamás se me ocurriría ofrecerte una mentira ni por todo el oro de este mundo.

Jonás: Alfonso, te conozco desde hace tantos años… no tienes por qué justificarte. Cuéntame pues.

Alfonso: Todo empezó hace ya un par de semanas. Era domingo y como ya sabes, es el día de la semana que dedico a mis largos paseos de reflexión y lectura. Pues bien, como cada domingo, iba yo paseando cuando a la altura de la calle del mercado de abastos me encontré con un viejo amigo cuyo nombre es Jean-Claude. No sé si alguna vez te hablé de él. Conocí a Jean-Claude hace muchos años ya. Lo conocí en la India en una de mis expediciones. Un científico de la vieja escuela al que perdí la pista hace mucho tiempo. A pesar del paso de los años aun pude reconocerlo. Me comentó que solo estaba de paso y que viajaba a bordo de una caravana la cual tenía aparcada unas calles más adelante. Me invitó a tomar un café en su caravana y accedí a ello. De camino a la misma me contó que aunque a nivel oficial estaba retirado del mundo de la ciencia, lo cierto es que aún estaba en activo, solo que ahora lo hacía a título personal. En este punto debo hacer un inciso, querido Jonás, para decirte que Jean-Claude siempre tuvo muchos encontronazos con sus colegas de profesión debido a sus revolucionarias ideas.

Jonás: Tipo extraño… pero sigue, te escucho.

Alfonso: Una vez que llegamos a la caravana lo primero que me llamó la atención fue una extraña tonalidad en la luz que salía por las ventanillas del auto. Era de un verde grisáceo. Por lo demás, era una caravana tan normal como cualquier otra que hayas podido ver a lo largo de tu vida. Jean-Claude abrió la puerta y me invitó a entrar. Y créeme mi querido amigo que, aunque ya sabes que no soy hombre de pasos dubitativos, el ambiente en el interior de aquel habitáculo me hizo ralentizar la marcha. El aroma que pude respirar en el ambiente, mezcla de humedad e incienso, y la poca luz que la bombilla ofrecía al pequeño espacio, hizo despertar en mí una extraña señal de alarma. No obstante, decidí aparcar mis temores y me senté con la intención de pasar un rato de calmada y sosegada plática con aquel extraño viajero. Durante el rato que degustábamos la taza de café estuvimos conversando de muchos temas. Y debo decirte que su alto grado de conocimientos en todos los temas que yo le proponía conversar me sorprendió sobremanera. Siempre supe que Jean-Claude tenía un vasto conocimiento acerca de muchas temáticas y quedaba claro que con los años aún había adquirido muchos más. El caso es que, cuando ya me disponía a retomar mi paseo y dar por finalizada mi visita, Jean-Claude me hizo una pregunta que cambiaría mi destino en los días venideros.

Jonás: ¿Y cuál fue esa pregunta?

Alfonso: ¿Qué cuál fue esa pregunta?, Amigo Jonás, esa pregunta, sin yo saberlo, iba a cambiar mi destino en los días posteriores, ¿Cuánto sufrimiento pude haberme evitado si en ese momento me hubiese ido sin más de aquel lugar o si por lo menos mi respuesta hubiera sido otra? Jean-Claude me miró fijamente y tendió su mano en mi hombro haciéndome enmudecer por unos instantes. Tras unos segundos de total silencio, me preguntó si creía en la posibilidad de que la evolución que una especie puede adquirir en el intervalo de miles de años pudiera darse en solo unos meses.

Jonás: ¿Y qué contestaste?

Alfonso: (suspiro profundo) Obviamente le respondí que eso resulta imposible de creer. Entonces, señalando una extraña caja de aproximadamente medio metro de altura me dijo “ahí dentro se encuentra mi bien más preciado. Es una posesión que tengo en absoluto secreto y que esta noche te confiaré hasta exactamente dentro de una semana”. Una vez más, mi curiosidad pudo con cualquiera de mis otros sentidos. Volví al interior de la caravana y me agaché junto a la caja. En su interior, por entre algunos orificios que había en una de las paredes de aquella singular caja, pude apreciar un mono.

Jonás: ¿Un mono?, ¿As dicho que en la caja había un mono?

Alfonso: Exactamente, eso he dicho. Un mono que me observaba con una mirada que me recordaba a la de una persona. Aun al recordarlo se me pone la piel de gallina.

Jonás: ¿Y aceptaste?

Alfonso: Si amigo mío, para mi desgracia, acepté. Jean-Claude me pidió que le escuchara con mucha atención. Ambos nos volvimos a sentar y entonces él me confió su secreto. Me dijo que ese mono era el sujeto de un estudio que él mismo estaba realizando de forma totalmente secreta. Estaba realizando un experimento con el fin de aumentar la velocidad de evolución de un animal. Cada vez que yo intentaba decir algo Jean-Claude me interrumpía para darme algún dato de los resultados de su experimento. Finalmente sentenció diciéndome que en el plazo de una semana regresaría por su animal y que solo entonces me volvería a hacer la misma pregunta. Sin más, cogí la caja, me despedí de Jean-Claude y me dirigí a mi casa. Ya estaba oscureciendo y apenas había gente por las calles. Sólo los gatos callejeros fueron testigos de mi persona cargando aquella caja del diablo, y digo bien cuando digo que era una caja del diablo. Una vez dentro de mi casa, cerré la puerta con pestillo, corrí todas las cortinas del salón y me dispuse a abrir la caja para dar libertad a aquel animal. Pero cuando abrí la caja, para mi sorpresa, el mono no salía de ella. Allí, en el interior del receptáculo, permanecía inmóvil con su mirada fija en mí. Así que tras unos segundos observándolo, decidí probar suerte pidiéndoselo. Y así lo hice. Le dije: “Puedes salir de la caja si quieres”. Pero el mono seguía sin inmutarse. Y ya más enérgicamente volví a decirle: “Ven aquí, sal de esa caja”. Y amigó Jonás, dicho y hecho. El mono salió de la caja y se paró justo frente a mí. Creí entender entonces que aquel pobre animal había sido enseñado para obedecer órdenes. Y a saber que órdenes pudo haber ejecutado el susodicho animal. Sinceramente mi mente empezó a dar rienda suelta a la imaginación pensando que aquel pobre mono podría tener tras de sí una triste historia de esclavitud y crueldades, lo cual me hizo empezar a verlo como un amigo, un pequeño ser simpático al que cuidar. Y así lo hice. Le preparé una cama improvisada en el salón y lo acomodé como si de un bebé se tratara. Al día siguiente me desperté y sentí unos extraños ruidos en la cocina, echo que me alertó y salí rápidamente de mi habitación para saber que estaba sucediendo. Y allí, encima de la mesa, veo al mono preparándome un zumo de naranjas. ¿Te lo puedes creer Jonás?

Jonás: Verdaderamente alucinante.

Alfonso: Aquel mono me estaba preparando el desayuno. Yo comencé a reír a carcajadas. Un mono que sabe cocinar. Y lo mejor de todo es que durante una semana yo iba a disfrutar de su compañía. Oh, cuan equivocado estaba yo en ese momento. No me imaginaba lo que aún estaba por suceder.

Jonás: Pero… cuenta, cuenta… ¿Qué sucedió para tan mala experiencia?

Alfonso: Paciencia amigo, te lo voy a explicar. Ese mismo día, comencé a experimentar con el mono a ver hasta qué punto era capaz de entender mis órdenes y como las ejecutaba. Comencé por darle algunas órdenes sencillas como pedirle que me trajera un zapato o que se sentara a mi lado. Pero después quise ir más allá. Y le pedí que encendiera la radio, el televisor…

Jonás: ¿Y lo hizo?

Alfonso: Si, amigo mío. Todas las órdenes fueron inmediatamente realizadas por el mono. Y en ese momento se me ocurrió ir un paso más allá. Le pedí que me trajera un libro de la estantería que se encuentra en mi biblioteca particular. Pero no cualquier libro, le pedí que me trajera el último relato de mi paisano Javier Saavedra cuyo título es como bien sabes “El muñequito de trapo”. Inmediatamente después de recibir esta petición el mono salió caminando en dirección a la habitación donde están mis libros. Una vez éste salió por la puerta del salón lo perdí de vista por lo que mi curiosidad creció de forma exponencial. Solo los ruidos en la lejanía de una silla que rechinaba por el suelo y el crujir de la madera de la estantería me tenían informado de lo que en la biblioteca debía estar sucediendo. De repente, los pasos del mono se escuchaban cada vez más cerca. Yo, sentado en mi sillón, esperaba con mucha impaciencia. Y allí, por la puerta de acceso al salón, apareció el mono con su peculiar estilo de caminar arrastrando con una de sus manos un libro. Cuando el animal llegó frente a mi presencia, con ambas manos me ofreció el libro, exactamente el ejemplar que le había ordenado traer.

Jonás: Pero eso es increíble.

Alfonso: ¿Increíble?, yo más bien diría imposible. Un mono que sabe leer. Eso no es posible y sin embargo estaba sucediendo. Lo imposible estaba ante mis ojos y aun así empecé a buscar una explicación a todo aquello. Duré horas y horas tratando de entender cómo era posible que aquel extraño animal fuese capaz de realizar tan inmensa proeza. Se me ocurrió llamar a un colega antropólogo que trabaja en la Universidad de la cuidad pero le di mi palabra a Jean-Claude de que cuidaría del animal y de su secreto y ya sabes bien que soy un hombre de palabra. Esa misma noche me dispuse a acostar al mono en su cama, en el salón, y me dirigí a acostarme. Y es aquí cuando comenzaron mis problemas.

Jonás: ¿A qué te refieres?

Alfonso: Seria poco más de las diez de la noche cuando me acosté, dejando la puerta entreabierta del dormitorio como de costumbre. Al poco, escucho que la puerta se abre lentamente, como si alguien la empujara con suavidad. Rápidamente, me incorporo pero allí no había nadie. No contento, me levanté de la cama y fui a observar al mono. Pero cuando llegue al salón este parecía dormir completamente como un bebé. Así que volví a mi habitación. Esto mismo me sucedió esa misma noche dos veces más. Al día siguiente, el mono volvió a prepararme el desayuno. Yo, que no había dormido bien por los hechos que te acabo de relatar, decidí salir a pasear un rato. Miré al mono y le dije: “Voy a salir un rato, pórtate bien, solo estate aquí parado”. El mono me miró y se sentó allí mismo. Al salir de mi casa, comencé a sentir una extraña sensación de alivio, como si al recibir la luz del sol mi cuerpo se comenzara a recargar de energía de forma súbita. Pasee y pasee intentando encajar en mi cabeza todo aquel espectacular descubrimiento. Y mientras paseaba, pensaba que todas esas personas con quienes me cruzaba por la calle no podían imaginar que yo estaba siendo espectador de lujo, en mi propia casa, de un hecho que suponía todo un hito en la ciencia. Ya de vuelta a mi casa y parado frente a mi puerta tuve la curiosidad de saber que podría estar haciendo aquel extraño animal en mi ausencia. Por ello, decidí acercar la oreja a la puerta para intentar escuchar que podría estar haciendo. Pero el silencio era total. Así, sin más dilación, abrir la puerta. Y allí estaba sentado, exactamente en el mismo lugar donde lo vi por última vez antes de salir de mi casa. Eso me provocó una extraña sensación de culpa en mi interior a la vez que malestar con el mono por seguir tan a rajatabla mis indicaciones. Por ello me puse frente a él y le pregunté en tono desafiante: “¿Qué eres un animal o una máquina?, ¿Pero qué es lo que te han hecho para que actúes de esta forma tan antinatural?, ¿Es que acaso te gusta ser esclavo?” Pero aquel animal solo me miraba. Ni un leve gesto en su rostro. Y comencé a sentir escalofríos. Realmente ese animal estaba empezando a hacerme sentir sensaciones poco agradables. Esa misma noche, aun sobrecogido por la experiencia de la tarde, me mostré menos cariñoso de lo normal y a diferencia de las otras noches, le pedí que él mismo se acostara en su cama. Una vez el mono accedió a su lugar para dormir, me dirigí a mi cuarto, apagué la luz y me acosté. Minutos después y como la noche anterior, la puerta comenzó a abrirse poco a poco. Esta vez no me levanté, sino que pregunté en medio de la penumbra: “¿Quién anda ahí?” Y fue entonces cuando lo vi. En una de las esquinas de mi dormitorio, inmóvil y con sus ojos fijos en mí, aquel animal me observaba, impasible, como si de una figura inanimada se tratara. El miedo me invadió de pleno. Casi sin fuerzas para moverme e incluso con dificultad para respirar tuve que hacer varios intentos para pedirle que saliera de mi habitación. Y así lo hizo. Para tranquilidad mía, el mono salió de mi cuarto y no volvió en toda la noche. Al día siguiente tuve que salir a realizar unos recados por lo que me ausenté casi todo el día. Cuando llegué ya estaba oscureciendo. Una vez dentro de mi casa encontré el salón vacío, no estaba el mono. Busqué y busqué por cada una de las habitaciones pero no lo encontré. Aunque por un lado me sentía muy mal por haberle fallado a Jean-Claude en mi tarea de cuidar de aquel animal, debo reconocer amigo Jonás, que otra parte de mí se sentía verdaderamente aliviada como si de una pesada carga me acabara de liberar.

Jonás: Entonces, ¿Perdiste al mono?

Alfonso: Que más quisiera yo. Esa misma noche me acosté pensando que definitivamente no volvería ver al mono nunca más en mi vida. Pero pasados unos minutos, desde que me acostara, otra vez la misma historia de las otras noches. La puerta se abre y el mono, desde un rincón del dormitorio, me acechaba desde la oscuridad. Clavándome sus ojos como el que espera a que su presa se duerma para realizar el ataque. No me cabía la menor duda que aquel mono no tenía precisamente buenas intenciones para con mi persona. Y esta vez mi orden fue tajante, y le grité: “Sal de aquí ahora mismo animal del diablo. Sal de aquí y no vuelvas más. Largarte de donde hayas venido para no volver nunca más”. Pero en esta ocasión, el mono, por primera vez, no me hizo caso. Esta vez se quedó observándome sin inmutarse. Yo, espantado y abrumado por el terror solo acerté a mover torpemente la mano para ahuyentarlo y hacer que saliera de mi habitación, pero el mono seguía sin hacer caso. Finalmente, en un amago por mi parte de levantarme de la cama, el mono se marchó. Segundos después salí de la habitación y lo busqué por toda la casa pero no lo encontré. Esa noche apenas pude dormir. Mis ojos quedaron clavados en la puerta hasta casi el amanecer. Los siguientes días fueron de auténtica pesadilla. Cada paso que daba por la casa creía oír ruidos por todas partes. Mi salud se vio resentida pues apenas pude pegar ojo en las noches. Ya en la última madrugada, antes que se cumpliese la semana prometida por Jean-Claude, mi cuerpo se encontraba muy fatigado. Mi rostro delataba las pocas horas de sueño y las muchas de vigía. Apenas sin probar bocado me fui a la cama. Y allí, tumbado con los ojos abiertos y la mente en otra parte esperé con recelo y miedo. Esperé a que pasaran las horas y desee que el sol por una vez en su larga existencia hiciese una excepción y saliera antes de su hora. Pero, como ocurre en estos casos, cada vez que miraba mi reloj solo habían pasado unos pocos minutos. Querido amigo, mi hermano, pensé que me iba a volver loco.

Jonás: Ciertamente, mi querido Alfonso. No es para menos.

Alfonso: Y espérate porque aún no he acabado. Sería poco más de las tres de la madrugada cuando la puerta otra vez se abrió. Y como ya podrás adivinar, en la esquina del cuarto aparecía la figura de aquel pequeño mono con sus ojos desafiantes clavados en los míos. Pero esta vez la imagen se mostraba con tintes aún más dramáticos. Su boca ensangrentada al igual que sus manos. Aún puedo ver en mi mente esa pequeña boca bañada en sangre y goteando intermitentemente. Sentí que mi corazón iba a estallar. Esta vez ni siquiera me atreví a decir nada. Y pesando que en cualquier momento aquel maldito animal se abalanzaría sobre mí, esperé. Esperé y esperé pero el animal no se movía. Solo me miraba, me observaba sin moverse, quieto, tan quieto y tan concentrado en mí que la piel se me erizaba solo de verlo. De repente y cuando menos pensaba que aquel mono podría sorprenderme aún más, hizo algo que jamás he podido olvidar. Dio un paso al frente y sin dejar de mirarme me dijo “Te odio”.

Jonás: Pero. ¿Te habló el mono?

Alfonso: Si Jonás. Su voz hizo estremecerme de pies a cabeza.

Jonás: Pero, ¿Y porque iba a odiarte?, ¿Que podrías haberle hecho?

Alfonso: ¿Yo?, Absolutamente nada. No le hice nada que pudiera hacerlo enfurecer de tal modo. Y es precisamente eso lo que más me estremeció. El simple hecho de saber que su odio hacia mí era motivado por su propia naturaleza evolutiva. Definitivamente, Jean-Claude, había hecho algo más que evolucionar a aquel animal, de algún modo había evolucionado también su maldad.

Jonás: ¿Qué ocurrió a continuación?

Alfonso: Como podrás imaginar, al oír al maldito mono hablar el miedo ya era tal que mi instinto de supervivencia me hizo reaccionar casi como si de un autómata se tratara. Salté de la cama en dirección a la puerta y salí de mi habitación cerrando de un portazo aquella diabólica escena. Atranqué la puerta, me puse la gabardina encima del pijama y salí de mi casa como alma que lleva el diablo. Y allí, en la escalera del edificio, esperé horas y horas a que llegará Jean-Claude. Cuando éste llegó me encontró en una situación lamentable. Exhausto y hambriento, casi con la mirada perdida. Entonces le conté todo lo que había sucedido. Jean-Claude, contrariado por lo que acababa de relatarle, me pidió que abriera la puerta de la casa inmediatamente. Y así lo hice. Ambos entramos y nos dirigimos a mi habitación. Al abrir la puerta, allí, en un rincón del cuarto, encontramos al animal acurrucado, cubriéndose la cara con sus manos aun ensangrentadas. Jean-Claude, con gesto tierno, como su de un padre se tratara, lo recogió del suelo y lo abrazó. Para serte sincero, no sé cuántos improperios me dedicó el científico antes de marcharse de mi casa. Me acusó de haber maltratado a aquel horrible animal y de haberlo golpeado y no sé qué más acusaciones salieron de su boca antes de salir por la puerta y no verlo más. Amigo Jonás, créeme, ese mono era la evolución del mal. Y puedo intuir que aquella sangre que el mono portaba en su boca y manos pudo deberse a alguna víctima que, como yo, acechó en aquellas ausencias de la casa. Pero hay más, querido Jonás. ¿Sabes qué es lo que más me impactó de esa última escena en el interior de mi habitación?

Jonás: Cuéntame.

Alfonso: Que justo cuando Jean-Claude salía de allí con el mono en brazos, ese maldito animal, con una actitud muy humana, giró su cabeza, clavó sus ojos en mí y me dedicó una sonrisa macabra, acompañada de un gesto de maldad que jamás… jamás podré olvidar.

A menudo nos obcecamos en creer que la evolución es sinónimo de mejora. Pero lo cierto es que, a lo largo de nuestra historia, existen muchos ejemplos que demuestran que esto no siempre es así. La pregunta que dejo en el aire después de la lectura de este relato es ¿A qué evolución estamos aspirando como especie en estos momentos?

JESUS GIRALDO – Relatos de Misterio y Terrer

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