LA CARRETERA DE LOS HUESOS

Iniciada su construcción a principios de los años 30, la carretera de Kolymá o “carretera de los huesos” tiene una longitud de 2.032 kilómetros y recorre el tramo central de la Siberia Oriental (Yakutia) para terminar a orillas del Pacífico en la localidad de Magadán. En su asfalto, guarda la macabra y triste historia los restos de los miles de prisioneros del Gulag fallecidos en su construcción, fueron utilizados como mezcla en las labores de pavimentación para que la carretera fuera más estable.

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La Kolymá, o “Carretera de los huesos”, que aún sigue en uso, fue construida en la era estalinista de la extinta Unión Soviética. En el primer tramo, en 1.932 trabajaron los presos del campo de Sevvostlag, posteriormente y hasta 1.953, fecha en que se dio por finalizada la obra, participaron centenares de miles de prisioneros, en su mayor parte disidentes al régimen estalinista deportados a campos de trabajo en Siberia. En cada metro de carretera construido, decenas de trabajadores morían de hambre y frío, siendo sustituidos por nuevos presos que llegaban deportados, cuya esperanza de vida se acortaba a un máximo de dos años.

A la muerte de Stalin, la propaganda soviética intentó silenciar el horror que supuso para miles de personas la construcción de la carretera de Kolymá, la cual, se había convertido en sinónimo de muerte. La caída del comunismo permitió que salieran a la luz numerosos detalles del padecimiento de aquellos prisioneros, de los cuales, muchos de ellos, ni siquiera eran opositores al régimen soviético, sino miembros de alguna etnia por la que Stalin sentía aversión, como era el caso de los chechenos y los ucranianos. Aunque por razones obvias, no se sabe a ciencia cierta a cuantas personas pertenecen los restos humanos que forman parte del asfalto, algunos investigadores como Robert Conquest, aseguran de forma rotunda, que desde su inicio a principios de los años 30 hasta 1953 pudieron haber muerto más de tres millones de personas. También existen historias que cuentan como los presos se suicidaban cuando, cansados, se tumbaban sobre la nieve para morir congelados.

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La carretera para Stalin, tenía un gran valor estratégico ya que garantizaba el transporte entre la costa y las minas del interior, además de cerrar las comunicaciones con la provincia ártica de Vladivostok, uno de los lugares más fríos de la tierra. De hecho, en las inmediaciones de uno de los tramos de la “carretera de los huesos”, en la República siberiana de Sajá, se encuentran las dos localidades, Tomtor y Oymyakon, que presumen de haber registrado, hasta el momento, las temperaturas más bajas en una población habitada por el hombre, – 72º C.

 La mayor parte del trayecto de la carretera de Kolymá tiene un problema común: la inconsistencia del asfalto provocado por el enorme colchón de agua bajo la superficie. Esta fragilidad del pavimento fue una de las causas por la que los prisioneros que fallecían durante la construcción de la carretera eran abandonados allí, ya que sus huesos servían como “mezcla” en las labores de pavimentación para que la carretera fuera más estable. Aunque esta solución fue relativa puesto que con la llegada del verano se producían inundaciones provocando que los huesos salieran a la superficie. Algo macabro, que ha provocado que, incluso hoy en día, el pavimento sea un amasijo de huesos mezclados con el asfalto de la carretera.

La carretera es sin duda la más espeluznante del mundo, pero también una de las más extremas, figurando en mucha de las listas de las rutas más peligrosas del mundo. La ruta es el único camino posible para llegar a Yakutsk, Las lluvias del verano suelen ser muy abundantes y el camino se convierte en una verdadera ciénaga de fango. Se cuenta que es normal en cada verano que miles de vehículos queden varados.  La historia negra que se cierne sobre ella convierte a la carretera de Kolymá, conocida también como  «trassa» (la ruta) en uno de los lugares más espantosos del planeta.

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La carretera de los huesos, es posiblemente, la mayor fosa común del mundo, abarcando más de dos mil Kilómetros de muerte y sufrimiento. Uno de los pocos que sobrevivieron los últimos años de la construcción de la carretera fue Varlam Shalámov que se adentra en el infierno de Kolymá, a través de su libro “Los relatos de Kolymá”, donde se describe en 32 narraciones breves todo el horror padecido en aquel inhóspito lugar donde la vida carecía de valor alguno, y donde la muerte formaba parte del asfalto.  Su obra es fundamental para conocer y entender uno de los pasajes más espeluznantes del siglo XX.

Fran González

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