La canción de la muerte

Mi casa es el lugar más aterrador que he visto en toda mi vida. A mis sesenta y ocho años de existencia jamás he visto un lugar tan lúgubre y sobrenatural como mi siniestra morada. Llevo entre estas cuatro paredes la mitad de mi edad; antes no era ni parecido al sufrimiento que ahora llevo dentro de mí, manifestándose en forma de agonía viviente hasta queella consiga paralizarme el corazón de una vez por todas.

          Vivo solo; vivo en mi mundo de tristeza y desesperación, la irrealidad para todo aquel que quiera escucharme, la realidad para el ser que les habla y cuenta esta historia de terror vivida y soportada durante esta última década agonizante. El miedo, el horror, el sufrimiento, la agonía que estoy viviendo desde aquellos malditos diez años en los que mi amada esposa me dejó repentinamente, sin darme ninguna explicación. Solo recuerdo entrar en su habitación y verla yaciendo muerta sobre la cama, con las venas abiertas por donde no dejaba de manar espantosa sangre que la paralizó el corazón y la hizo descansar eternamente. A mí me enterró en vida. Desde entonces a todas horas escucho una horrible canción que paraliza mis sentidos; mis tímpanos parecen explotar al igual que mi cabeza mientras la sostengo intentando remediar que se desencaje por la presión de aquél sonido que me invade y se incrusta sin querer salir. Así es, sé que no pararé de escuchar esa canción cada vez que abra la puerta, impidiéndome salir de las cuatro paredes de la mansión.

           No veo la luz del sol desde hace diez espantosos años; el espíritu de mi esposa me impide salir de aquí. Estoy seguro de que es ella en forma de fantasma malvado la que me retiene aquí sin saber la razón.

         ¿Por qué? ¡Por qué! ¡Tú has muerto! ¡Yo no! ¡Déjame salir de aquí, te lo ruego! , le digo al mundo entero, pero a la vez al silencio en el que me mantengo. Escucho una melodía siniestra que cala muy dentro de mí y estremece todo mi ser sin dejarme reaccionar nada más que para hundirme poco a poco en este pozo de cólera por destruir la impotencia creada a raíz de aquel silbido espantoso que, resuena con eco en toda la mansión. Esa canción, ese susurro o silbido – dependiendo el día y el momento – me empuja a subir hacia la habitación en la que me la encontré muerta.


        ¡No quiero subir, por dios!
       Mi esposa era una auténtica pianista; dominaba el arte de la partitura como nadie en este mundo. Todos los días me relajaba el escuchar sus horas de música sin descanso, pero melodías alegres, clásicas y gustosas para los oídos. Muchas de ellas se las escribía yo para que después las tocara; ahora solo escucho algo siniestro, amargo y desafinado que se incrusta dentro de mí recordándome día tras día aquellas teclas impregnadas de horrorosa sangre perteneciente a su cadavérico cuerpo sin vida.

      Toda la habitación se tiñó de rojo; las partituras que tanto cuidó en vida se llenaron de borrones de sangre que corrieron la tinta de sus recientes progresos escritos. Era algo… imposible de mirar, al igual que el espejo en el que tanto contemplaba su hermoso rostro de princesa. Intento abandonar esta casa, salir por ahí a que me dé el aire que llevo años reteniendo, pero una fuerza invisible y maligna – a lo que yo llamo “el espíritu malvado de mi esposa” – me empuja en dirección opuesta a la puerta de salida para llevarme de nuevo al infierno superior, a la habitación yaciente.

Poco a poco consigue que mis piernas suban uno de esos peldaños, uno de esos escalones a los que tanto temo. Hay once en total. Cada año consigue que suba uno más de ellos; yo me resisto, pero he sabido que cada año sin fallo alguno consigue hacerme subirles.

       Pronto se cumplirán los once años de su muerte. Tan solo quedan unos días para el aniversario y, entonces, no podré impedir que mis pies escalen ese último peldaño que me queda para encontrarme con el horror que no he vuelto a ver desde aquel día. Sin embargo mi cabeza sigue recordando una habitación llena de mugre, hedor insoportable y roedores moviéndose por las baldosas impregnadas de sangre seca.

        El espíritu de mi amada me odia, quiere verme dentro de un ataúd mientras los gusanos se apoderan de mi carne arrugada por la erosión que ha provocado que mi rostro sea un reflejo del horror, la imagen de un ser muerto en vida, un hombre al que le late el corazón sin parar – más veces de las habituales a causa de los nervios excesivos sin fin – pero que su cuerpo es una fachada obstruida de la que no se puede sacar nada más que la agonía y la espera a la muerte.

Tengo miedo, horror y pánico al día del aniversario. Sé que ese día volveré a ver con mis ojos cansados una escena que llevo clavada muy dentro de mi ser, que intento olvidar día a día, pero que me resulta imposible. Mi recuerdo es tétrico y ha pasado muchísimo tiempo, solo el imaginar cómo estará ahora aquello me paraliza todo el cuerpo.

        ¡Por qué! ¡Por qué quieres hacerme sufrir tanto!

        Nadie puede llegar a imaginar lo que es vivir en una casa de dos pisos y no saber cómo se encuentra la parte superior desde una década atrás. Mi único espejo es mi memoria. Desde aquél día jamás he vuelto a verme el rostro, que sin duda, debe ser tan blanco como la cal, a falta de alimento que ingerir y sin que la frescura del viento roce por mis mejillas apagadas. Mi único alimento es el recuerdo, el amargo recuerdo; no ingiero comida alguna porque no la necesito. ¿Para qué? Si mi cuerpo no responde, ¿por qué he de comer? No lo necesito para vivir. Es más, ya no quiero vivir. Mis músculos se han reducido y encorchado. Solo doy pasos cortos, muy cortos y costosos por este sótano penumbroso y frío; hace años que se terminó la luz que alumbraba mi soledad aquí metido. Recuerdo una especie de candil permanente que terminó por apagarse. Aquello era mi única compañía, sin contar con la compañía no deseada pero existente: la maldita melodía que recorre las habitaciones de la mansión.

         Al principio sentía claustrofobia, ahora ya ni eso. La sensación de ahogo me viene de dentro, no por el espacio cerrado y reducido. Parece que vivo dentro de una cárcel contraída, fría y sin luz. No puedo ver cuaádo es de día y cuándo de noche, pero algo en mi cuerpo parece sentirlo, y sé muy bien que el día de avanzar ha llegado. El temible encuentro con la pesadilla es hoy.

Intento dormir sin nada que hacer, pero algo me desvela como todas las noches, y es esa melodía. Desde la muerte de mi esposa jamás he podido conciliar nada más que unos segundos antes de que empiece a sonar “la canción de la muerte”, como yo la llamo.

Mis oídos empiezan a exasperarse al sentir tan dichosa y molesta canción, es como un soplo de aliento que siento muy cerca para que después se aleje de mi lado y solo se centre en hacerme revivir la escena de mi esposa yaciendo sin vida en el lecho. La fuerza a la que tantas veces me he referido se apodera de mis piernas, y estas, negándose a reaccionar, son un claro dominio obligado por el fantasma de mi esposa, sin duda. Ella domina mi cerebro, ella se encarga de ordenar a mi cuerpo, ella me levanta y ella me intenta llevar a ver el horror real.

        Mis rodillas dejan de estar flexionadas para hacerme erguir como nunca antes lo había podido hacer – desde aquél día, al igual que mis músculos se contraían, también mis huesos se deterioraban, y era más una especie de cheposo que un hombre de mediana edad- no lo puedo remediar aunque lo intente, voy directo a la muerte.

Sigue sin haber nada de luz que me guíe – desearía verme aunque sea las manos, a las que ya es imposible recordar; mi rostro, mi cuerpo… – voy directo, como hipnotizado sin saber adónde me dirijo, pero en verdad lo tengo muy claro: veré de nuevo a mi esposa, o lo que quede de ella, envuelta en su sábana mortaja y descansando en el camastro. Asu alrededor, todo teñido de la escandalosa sangre reseca.

         El miedo se apodera de mí cuando mi pie derecho hace la mención para subir el primer escalón. Intento frenarlo, pero de nuevo no lo consigo. Después de un pie, sigue el otro, y así sucesivamente mientras me aproximo al horror. Subo cinco, solo a seis de la tragedia. ¡No quiero volver a verla, por favor! Pero, ¿quién puede escuchar mis súplicas? Nadie, solo el silencio o el crujir de mis débiles huesos mientras rechinan al posar mis pies sobre los escalones.

Subo diez e intento retroceder; es imposible. Ese onceavo escalón me espera, desea que le pise de nuevo. No quiero, pero lo hago sin más remedio. ¡De pronto…! Escucho la puerta del sótano, el portón que lleva encajado la friolera de diez años. Él me da paso al reencuentro no deseado, pero lo que veo se me escapa totalmente. Es oscuro, tal vez por la cantidad de tiempo que llevo sin ver luz, aunque no lo creo. Es tan oscuro como… ¡El desván! Teníamos un desván que utilizábamos para trastos, pero apenas le habitábamos con nada. Entonces, si ahora estoy en el desván, que es el último piso de la casa…, ¿dónde he estado metido todo este tiempo?


          No, ¡Dime que no, Dios! ¡Dime que no, por favor!
         La melodía vuelve a sonar. Viene de abajo, del lugar donde yo me hallaba desde el principio. Se hace la luz, la luminosidad pobre que daba ese candil que antes mencioné; veo (con dificultad) los once escalones que de nuevo me conducirán al lugar que pienso y temo solo de recordarlo. Los bajo – ahora sí por propia voluntad – igual de lento que antes, pero más nervioso. Mientras me acerco, siento cada vez más cerca de mí el sonido de la canción, pero más aún… ¡Las teclas! ¡Además las veo! , tanto las blancas como las negras, solo que las conozco por la forma, ¡ya que el color es rojo como la sangre que las tiñe!

         Veo la partitura, y un reflejo al pasar, algo en que mis pensamientos no me fallaban: la cama. ¿Pero quién me hizo verla? ¿De quién fue ese reflejo? Solo podía ser del querido espejo de mi mujer, el mismo al que empiezo a mirar y veo… ¡Ropajes! , una cazadora de cuero de las que tanto me gustaba utilizar, de la que intento remangarme y… ¡Contemplo unos finos huesos carcomidos! ¡Soy un esqueleto! , un saco de huesos al que le flaquean las piernas ,con razón; mis ojos son telas de araña con la dueña en su interior. Veo lo que mi esposa quiere que vea, ya que yo no tengo ojos. Veo el piano, el candil, el espejo, la cama y… en ella, un bulto, un bulto entre la sábana mortaja que también antes mencioné. Solo puede tratarse de mi esposa. Me acercó, agarro la sábana con mis finos dedos – esta está arrugada y seca – tiro de ella y… ¡La veo! , veo un cadáver como mi vivo reflejo. Es ella, ¡es mi esposa! Conserva su pelo rizado, pero nada de su belleza. Su cara es una calavera llena de gusanos comiendo carne putrefacta, al igual que hacen conmigo.

         Ella era la dueña de mi cerebro – ya que el mío no es más que líquido inexistente- pero sobre todo es dueña de mi mente, la que me hace recordarlo todo al detalle.

Aquél día yo me acerqué a su habitación – la misma de la que nunca he salido – allí me la encontré tocando su dulce canción a medio componer, y no se la dejé terminar. Cogí un cuchillo y la apuñalé, no una ni dos veces, ¡sino once! Me ensañé, de la misma manera que ella me hizo callarme esta agonía que no me ha dejado vivir durante once años, los mismos de cada puñalada, al igual que los once escalones. Son el amuleto de lo macabro que descubriría.

        No se suicidó… ¡La maté! Yo mismo llené la habitación de sangre por mi cruel asesinato. ¡Oh, Dios mío!

       Me quedé aquí metido sin comer ni beber, contemplando todo el rato el cadáver de mi esposa. Me arrepentía de ello, y morí de agonía junto a su cadáver, por eso escuchaba tanto la canción. ¡La tenía aquí mismo! ¡Santo Dios! No puedo creer que fuera capaz de hacer algo así. Aunque… Un momento. La luz me deja ver el arma del crimen: el cuchillo ensangrentado, y yo me obsesioné con que no podía salir, y era cierto porque ella no me dejaba. No me dejaba su fantasma, que en cierto modo era verdad o, tal vez, solo era fruto de mi imaginación, producto de mi mente remordida. Pero eso no tiene nada que ver con… No he inventado nada, lo he confundido. Entonces, ¿por qué llamo a la melodía la canción de la muerte?

      Me acerco a la partitura. La temo como nunca he temido nada antes. Mis finas manos huesudas la cogen, miran su tinta sangrienta y leen su historia: “La canción de la muerte cuenta las memorias de un asesino arrepentido. El testimonio de confesión ante la luz de un candil que me acompaña, y la viva imagen que dura en el espejo de mi alrededor: la figura de la amada a quien maté”



FIN

José Losada 31/05/13

You may also like...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

A %d blogueros les gusta esto: