LA BATALLA DE LOS ANGELES

La Batalla de Los Ángeles es el nombre dado por las agencias de noticias contemporáneas al avistamiento de uno o más objetos voladores no identificados (OVNIS) que tuvo lugar a finales de febrero, entre el 24 y el 25 de de 1942, de la que existen informes de testigos presenciales asegurando de uno o más objetos desconocidos sobre Los Ángeles California, provocó una masivo ataque de artillería antiaérea.

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La noche del 24 al 25 de febrero de 1942 discurrió con normalidad pero, a primera hora de la madrugada, los radares detectaron un objeto indeterminado a unos doscientos kilómetros al oeste de Los Angeles. Las baterías antiaéreas de la costa esperaron la llegada del supuesto avión enemigo, pero al cabo de unos minutos el radar informó de que el objeto había desaparecido de la pantalla sin dejar rastro.

 Aún así, algunos vigías comunicaron avistamientos de «aviones enemigos» a lo largo de la costa de Los Angeles, pese a que el radar no los detectaba. Finalmente, a las 2.25 de esa madrugada tan poco plácida, una formación de aparatos sin identificar estaba a punto de irrumpir en el cielo de Los Angeles. Inmediatamente, las sirenas comenzaron a sonar y fueron llamados urgentemente 12.000 vigías aéreos para que se incorporasen a sus puestos de observación.

En un primer momento todos creyeron que se trataba de un simple simulacro, pero poco más tarde quedó claro que no era así, A las 3:16, la brigada costera de artillería número 37 comenzó a disparar balas anti-aéreas de 5,8 kg. Dispararon más de 1,400 balas en 58 minutos mientras los objetos se movían al sur, desde Santa Mónica a Long Beach. Evidentemente, con el incidente Pearl Harbor demasiado reciente en la mente de los norteamericanos, el fraude se descubriría muchos años más tarde,  todos pensaron que serían bombarderos japoneses que atacaban el país, sobre todo al entrar en acción las baterías antiaéreas. Los reflectores apuntaron al cielo y descubrieron la presencia de unos objetos plateados que se movían a altitudes de entre 3.000 y 6.000 metros. La velocidad de estos aparatos era sorprendentemente lenta para tratarse de aviones militares; aproximadamente unos trescientos kilómetros por hora. Y lo más sorprendente es que ni siquiera una bala alcanzó la nave de las miles que dispararon.

 Un millón de habitantes del sur de California sufrió durante cinco horas un apagón eléctrico que no ayudó a que recuperasen la calma aunque, para alivio de los perplejos habitantes de Los Angeles, ninguna bomba caería sobre la ciudad. Este hecho, unido a que la Marina confirmó que no había detectado ningún avión enemigo, descartó finalmente a los japoneses como responsables del incidente.

 Miles de testigos vieron en la costa «grandes bolsas que flotaban en el aire», mientras que otros observaron tan sólo unas extrañas luces rojas en el horizonte que realizaban vuelos en zigzag. Hubo testigos en Los Angeles que dijeron haber visto una gran máquina, suspendida en el aire, contra la que nada podían hacer los proyectiles que le disparaban las baterías antiaéreas; poco después, lentamente, la misteriosa máquina se marchó siguiendo la línea de la costa.

Una fotografía que apareció en el diario Los Angeles Times el día 26 hizo aumentar aún más la confusión, puesto que parecía advertirse, iluminado por los proyectores, un objeto circular. Si, aparentemente, no se trataba de un avión, ¿qué era en realidad? La prensa californiana denunció una «misteriosa reticiencia» de las autoridades militares para hablar del asunto y algunos se atrevieron a acusarles de haber establecido «una censura que impedía hablar sobre ello».

Al concluir la Segunda Guerra Mundial, el bombardeo fantasma de Los Angeles quedó ratificado por un documento militar secreto, que no sería desclasificado hasta 1974, firmado por el comandante en jefe de las Fuerzas Aliadas, el general George C. Marshall, y enviado al entonces presidente norteamericano, Franklin D. Roosevelt. El general Marshall fue el encargado de redactar el informe sobre el enigmático bombardeo de Los Angeles. En él reconocía no saber su origen.

Si algo evidencia este informe redactado por el general Marshall es que, en realidad, nadie tenía ni idea de lo que había ocurrido esa noche. El hecho de culpar de la acción a unos supuestos agentes enemigos, que habrían sobrevolado Los Angeles a bordo de aparatos comerciales, demuestra que Marshall debía encontrar rápidamente una explicación al incidente y apostó por esa historia tan inverosímil. En efecto, para proporcionar una historia capaz de dar respuesta a todos los interrogantes que se habían creado, se dijo que se trataba de aviones comerciales que habían sido tomados por infiltrados nipones en algún aeródromo mexicano o de la propia California. De este modo se eludía el hecho de que la Marina no hubiera detectado ningún avión enemigo procedente del Pacífico.

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“Estaba flotando allí en el cielo y apenas se movía. Fue una de color naranja pálido precioso y la cosa más hermosa que jamás haya visto nunca. Lo pude ver perfectamente porque estaba muy cerca. ¡Era grande!”   (Palabras de un testigo)

 

Fran González

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