ENIGMAS DE SIEMPRE. LA MALDICION DE TUTANKAMON

Oculto a los ojos del mundo durante más de tres mil años, este faraón muerto en plena adolescencia en el año 1340 a. de C., de una hemorragia interna o una infección en una pierna, según últimas investigaciones, fue durante años una causa perdida para muchos de los arqueólogos que intentaban encontrar su tumba. Finalmente, el Inspector General del Departamento de Antigüedades del gobierno de Egipto de la época, Howard Carter, fue el que encontró la tumba de Tutankamón, estaba allí donde tenía que estar, en el Valle de los Reyes, el lugar donde reposaban sus antepasados antes de que sus tumbas fueran profanadas.

tutankamon

Desde 1917, Carter puso todo su empeño en encontrar la pista que condujera hasta el faraón adolescente. A favor, tenía todo el tiempo del mundo, trabajaba para el gobierno egipcio. En contra, la falta de capital, por lo que a menudo era él mismo el que efectuaba los trabajos de excavación, acompañado solamente de algún estudiante u obrero mal pagado.

Y por fin, el 26 Noviembre de 1922 sus esfuerzos de varios años dieron el resultado apetecido. La entrada a la tumba fue descubierta. Dieciséis escalones que conducían hacia las profundidades (esto dio pié a la teoría de que Tutankamón solo tenía 19 años al morir.) Tras bajar los escalones Carter se encontró en una antecámara. Tras de él se encontraba Lord Carnavon, arqueólogo aficionado y el hombre que había suministrado el dinero para la tediosa y costosa operación de rescate, Carter se inclinó ante la puerta de granito. Una puerta maciza grabada con todo tipo de signos jeroglíficos. Bajo la puerta había una especie de rajadura por la cual podía verse hacia adentro. Carter se inclinó con su linterna y la enfocó hacia la Tumba Real. Por varios minutos permaneció inmóvil viendo lo que acabamos de describir. Los tesoros incontables que brillaban en la oscuridad y que adquirían dimensiones propias al ser violados por la luz eléctrica.

 -Bueno… ¿ves algo? -exclamó Lord Carnavon en el colmo del nerviosismo. Carter movió la cabeza afirmativamente.

-Veo cosas maravillosas… -susurró emocionado.

 Al referirse a los tesoros, el propio Carter diría tiempo más tarde, “estaban fuera del ámbito terrestre, sencillamente no tenían precio para ser evaluados.”  Todo junto, lo contenido en las cuatro cámaras encontradas fue descrito por el arqueólogo americano James Breadstad como “Los inmensos e incalculables tesoros de un niño que dominó el mundo mucho antes de que se conociera Creta, antes de que Grecia fuera concebida o Roma creada… y cuando aún más de la mitad de la historia de la civilización estaba por escribirse”.

 Sin embargo, aún tardaría dos años más en llegar al momento cumbre, el 3 de febrero de 1924, cuando Carter y su cuadrilla finalmente abrieron la puerta en la última cámara, la dedicada a la tumba del Faraón. Un grito de admiración escapó de la garganta en los pocos presentes. Estaban ante un masivo ataúd de granito de más de nueve pies de largo. Dentro del ataúd había otros tres más pequeños que a su vez se fijaban uno en el otro con pasmosa precisión. Los dos exteriores hechos de madera con incrustaciones de oro y piedras preciosas en la parte interna. Y el tercero y último conteniendo los restos del faraón adolescente hecho de oro sólido. Allí estaba el cuerpo momificado del faraón Tutankamón. Su rostro cubierto con una máscara que semejaba sus facciones aniñadas y también de sólido oro.

Dada la expectación que el descubrimiento levantó en todo el mundo, Carter mantenía bajo vigilancia durante las 24 horas su fabuloso hallazgo, ya que independientemente del tesoro, el morbo también atraía a la multitud. Una leyenda corría de boca en boca entre los egipcios.

Se decía que todo aquel que violara la tumba del faraón Tutankamón encontraría muerte por su profanación. Una maldición ancestral, mística y horrenda que escapaba desde las gélidas paredes de la tumba subterránea y que detenía a todo aquel que se acercara a ella con la excepción de Carter y su equipo.

Carter trabajó en la tumbar durante dieciséis años, a veces con la única compañía de un canario, que había instalado en la cámara con el fin de que su canto le aportara algo de alegría. Pero cierta tarde, la maldición se hizo presente. El canto del canario se interrumpió de repente, y cuando Carter levanto la vista, vio una cobra devorando al infortunado animal.

Lo que comenzó como simples rumores acabó por convertirse en realidad. Lord Carnavon  murió el 5 de Abril de1923, apenas diez meses después de haber penetrado en la Cámara Real. George Edward Molyneus Herbert, un millonario que había convertido a la arqueología en su afición favorita, fue picado por un mosquito en la mejilla izquierda, en principio no le presto la menor atención, pero un par de días más tarde comenzó a sentirse mal de salud. Se agravó tanto que tuvo que ser trasladado al Cairo con urgencia. El 17 de marzo se conoció que una grave infección le había atacado la garganta, el oído interno y el pulmón derecho,  el 27 de marzo un ataque fulminante de neumonía se extendió por ambos pulmones. Tras sufrir una terrible agonía plagada de dolores horrendos y deformaciones física, incluida la caída de todos los dientes, para el 4 de abril estaba muerto. Un continuado ataque de tos hizo que su corazón fallara a las dos de la madrugada. En ese mismo instante, Suan, su perra fox-terrier, comenzó a aullar en Inglaterra muriendo en brazos del mayordomo. La familia Carnavon, reunida en el hotel Continental Savoy en El cairo recibió la noticia por la enfermera que lo había cuidado. Nada más terminar la frase todo quedó a oscuras, un fallo en el suministro de energía dejó sin luz a toda la capital egipcia.

Entonces,  muchos se preguntaron porque un hombre con apenas 57 años, saludable y sin enfermedades anteriores había de sucumbir ante la picada de un mosquito. La pregunta al parecer obtuvo respuesta por parte de un egiptólogo que afirmaba haber descifrado la inscripción que había sobre la entrada en la tumba.  Según el Egiptólogo esta inscripción decía: “La muerte vendrá con alas ligeras sobre todo aquel que se atreva a violar esta tumba”

En el antiguo Egipto, existía la creencia de que para garantizar el viaje al país de los muertos era necesario preparar a los cadáveres mediante la momificación y después ocultarlos para siempre mediante tumbas inviolables. El fracaso de estas medidas hacía que el alma del egipcio vagara eternamente sin encontrar reposo. Quizás fuera eso lo que provocaba que los faraones tomaran medidas extraordinarias para garantizar el buen fin del viaje.

Audrey Herbert, hermanastro de Lord Carvanon,  r se trasladó a Egipto a fin de estar presente cuando encontraran la Cripta Final. A su regreso a Londres, sin causa prevista o lógica cayó muerto en el piso de su dormitorio mientras se preparaba para tomar un baño. Arthur Mace, un ayudante, que fue el hombre que rompió con una barra de hierro los últimos pedazos del sello que separaba la cámara real del  mundo exterior, moriría de forma fulminante en el hotel donde pernoctaba sin que los médicos encontraran ninguna explicación al fallecimiento. Pero la maldición no se detuvo aquí.

Sir Douglas Reíd, el radilogista que había trabajado bajo las órdenes de Carter sacando radiografías de la momia en la tumba, enfermó repentinamente  de cansancio y agotamiento. Tuvo que regresar a Suiza, su país natal, allí fallecía dos meses después sin causa conocida. La secretaria de Carter, Bethel, murió de un ataque al corazón. Cuando su padre se enteró de la noticia (también había estado en la Tumba) falleció al lanzarse de un séptimo piso. Un profesor canadiense, amigo de Carter recorrió la tumba pocos después del hallazgo, sólo para regresar al hotel en el Cairo y morir víctima de un ataque cerebral.

La momia de Tutankamón fue lleva da a la Universidad del Cairo en Noviembre 11 de 1925. Se trataba de hacerle la autopsia bajo el escalpelo profesional del doctor Douglas Derry, una autoridad en la materia. Derry, en un silencio de muerte tomó el escalpelo y realizó una incisión directa en los vendajes exteriores de la momia. Los vendajes cayeron a ambos lados mostrando 143 pequeñísimos bolsillos. Cada uno de ellos guardando una piedra preciosa. Alrededor de su cuello estaba el “collar de la protección” según la religión egipcia y confeccionado en hierro. Los brazos estaban cubiertos con magníficos brazaletes. Siete en el derecho y seis en el izquierdo. Cada dedo de sus manos tenía un anillo de oro macizo. El abdomen estaba cubierto con capas de misteriosos objetos también de oro macizo. Todos ellos en forma de T. La cabeza estaba cubierta con una magnífica diadema de oro y separándola del afeitado cráneo (según la moda egipcia) había una malla de finísimo oro batido. Por fin todos los adminículos y ornamentos fueron separados. Los presentes dieron un suspiro de asombro.

De algún lugar surgió el rumor de que “el Faraón tenía una marca en el mismo lugar en que Lord Carnavón fue picado por el mosquito” Y esto era cierto. De allí en adelante se esperó la muerte de los asistentes a la autopsia de un momento al otro. La prensa se cebaba en ellos. Las personas en la calle los consideraban como “muertos en vida.” Incluso científicos amigos se alejaban de sus alrededores. Lo cierto es que uno de ellos, que ayudó al doctor Derry en la autopsia murió poco después de un ataque al corazón. Sin embargo, el principal ejecutor de la autopsia, el mismo Derry sobrevivió hasta pasados los ochenta años. El mismo Carter sobrevivió su descubrimiento hasta los 67 años y murió de aparentes causas naturales. Sin embargo había algo que llamaba la atención, curiosamente los dos asistentes principales habían sobrevivido a la maldición, mientras que los secundarios en los momentos cruciales de la profanación habían muerto.  Existe una teoría que intenta explicar el porqué.

Lord Carnavon representaba la fuerza monetaria que había hecho posible las excavaciones. Sobre él debía caer la maldición y no sobre Carter que era un simple egiptólogo pagado por el Gobierno. En el caso de Carlyle se llegó a la conclusión de que, tras de la incisión primaria efectuada por el doctor Derry, el resto de la operación fue realizado por su ayudante, en otras palabras, fue la mano ejecutora.

Para 1935 la cifra total de muertos relacionados con Tutankamón sumaba veintiuno y varios recopiladores de sucesos la elevaron hasta treinta. A esto se debe añadir los sucesos posteriores ocurridos en la década de los años sesenta, Mohammed Ibrahim, en esa época director egipcio de antigüedades, intentó impedir que varias reliquias halladas en la tumba fueran a París. Había sufrido una serie de pesadillas que anunciaban su muerte si las dejaba salir de Egipto. El gobierno le obligó a aprobar el traslado y ese mismo día murió atropellado. El doctor Ezze-din Taha, de la Universidad de El Cairo, descubrió que varios arqueólogos y personas que trabajaban con restos antiguos solían padecer infecciones en la vías respiratorias debidas a la existencia de diversos hongos. En 1962 expuso que la famosa maldición podría tener origen en estos peligrosos hongos. Al salir de la conferencia tomó su coche. En la larga carretera de El Cairo a Suez chocó frontalmente contra otro coche. La autopsia demostró que su muerte se debió a un fallo cardiaco ocurrido pocos segundos antes del accidente.

 Durante la década siguiente la maldición continuó. En 1972 el nuevo director del Departamento de Antigüedades egipcio, Gamal ed-Din Mehrez, sucesor de Ibrahim, afirmó a Philipp Vandenberg que no creía en la maldición: “Fíjese en mí, toda la vida he estado trabajando con tumbas y momias. Seguramente soy la mejor prueba de que todo son coincidencias” Gamal murió la noche siguiente a la supervisión del empaquetado de los objetos destinados a la exposición que se iba a celebrar en Londres. Los miembros de la tripulación del avión que efectuó el traslado a la capital británica se vieron también alcanzados por la maldición. El teniente Rick Laurie murió en 1976 de un infarto. Su esposa se volvió loca y contaba a todo el mundo que su marido murió por culpa de la maldición. El ingeniero de vuelo Ken Parkinson sufrió seis infartos y murió en 1978. El oficial Ian Lansdown confesó haberse burlado de la maldición dando una patada al cofre que transportaba la mascara. Se fracturó esa misma pierna al romperse una escalera de hierro y su curación se complicó hasta que pasados seis meses pudo volver a andar. La casa del teniente Jim Webb se incendió mientras pilotaba el avión hacia Londres. Y Brian Rounsfall que se burló junto con Ian de la maldición dedicándose a jugar a las cartas sobre la caja que contenía el sarcófago sufrió dos infartos el año siguiente.

La lista continuó de nuevo en los años ochenta destacando la filmación de la película La maldición del rey Tut en donde se usaron objetos pertenecientes a Tutankamón. El protagonista, Ian McShane, cayó con su coche por un acantilado el primer día de grabación rompiéndose la pierna por diez sitios.

Que sepamos la maldición lleva algunos años en reposo, Pero quien sabe, quizás en algún momento, cuando menos lo esperemos, la venganza del Faraón vuelva sobre aquellos que insisten en profanar su descanso.

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“La cobra que está sobre mi cabeza se vengará con llamas de fuego a quien perturbe mi cuerpo. El intruso será atacado por bestias salvajes, su cuerpo no tendrá tumba y sus huesos serán lavados por la lluvia”  

Inscripción en la tapa del sarcófago  del sumo sacerdote Khapah Amon, cuya momia fue descubierta en 1879.

Fran González

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