EMPAREDADOS. Mi crónica del último programa.

—Pase usted la mano por la pared —le dije—, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.

      —¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.

      —Cierto —repliqué—, el amontillado.

      Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tarde en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.

      Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.

      Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.

“El Barril de Amontillado – Edgar A. Poe”

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No es más que una parte del relato de Poe, no es más que la fantasía de un genio de la literatura de terror, pero por desgracia el emparedamiento no es ningún cuento, sino algo que la historia se empeña a demostrarnos que siempre ha estado muy presente en la humanidad.

En el ámbito de la cultura popular mexicana y sus leyendas es de conocimiento de cualquier constructor, que para que su construcción sea firme, resistente a temblores y otros siniestros,  y para que dure muchos años, hay que dejar un cuerpo (de un albañil u otra persona) emparedado en ella y así entregar esta alma a Satanás. En ese mismo país, la tradición cuenta que en la construcción de algunas presas, se emparedaba a niños en ellas,vivos o muertos, con la intención de que, llegado el día, el lamento de sus almas avisaran antes de  cualquier  catástrofe.

Venganza, como en el caso del personaje de Poe que empareda a ese amigo gorrón engañándole con un barril de vino amontillado. Honor, como esos padres que emparedaban al fruto de sus hijas para ocultar la vergüenza de un embarazo en soltería, o de esposos ofendidos a los que la ley les permitía el emparedamiento de las  adulteras. O justicia, como los que creyeron que emparedando a La Condesa Bathory obraban en favor de la justicia divina. Los emparedados están ahí, formando parte de nuestra historia, tanto los de aquellos cuyos huesos han sido puestos al descubierto, como los de aquellos otros cuyos cuerpos aún se esconden tras los muros donde fueron recluidos.

Sin embargo existen otro tipo de emparedados, mujeres que  escogieron como opción de vida el eremitismo a través de su reclusión voluntaria en minúsculos recintos, algunos de los cuales no llegaban a 2m2, a modo de sepulcros, construidos expresamente para ellas, adosados en los muros exteriores de las iglesias parroquiales y ermitas, de cementerios, de hospitales y monasterios, en puentes y en murallas, localizadas en el centro urbano o en los alrededores. Mujeres que dedicaban su vida a la oración y la vida contemplativa, por devoción, por penitencia, o simplemente por huir de una sociedad, la del medievo, que las condenaba a la hoguera, a menudo por el simple hecho de ser mujer, esta particular forma de consagrarse a Dios la eximía de la herejía.  Un pequeño agujero por el    que le introducían, diariamente, un mendrugo de pan y una jarra de agua se convertía en su única conexión con el mundo exterior hasta el día de su muerte.

emparedadas

Hay un poema de Gonzalo de Berceo a Santa Oria, mujer murada de Silos (Burgos) que describe el sentimiento de la emparedada durante el ritual de entrada a su nueva etapa de vida:

“Una manceba era que avie nomne Oria

niña era de días como diz la historia

fazer a Dios servicio essa era su gloria…

Era esta manceba de Dios enamorada,

por otras vanidades non dava ella nada,

más querrie seer ciega que veerse casada….

fo end a pocos diás fecha emparedada,

ovo gran alegría cuando fo encerrada…”

http://www.ivoox.com/narradores-del-misterio-t3x18-22-enero-1016-audios-mp3_rf_10170506_1.html

Fran González

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