El velatorio

Mario, un ser de cuarenta y siete años, rubio, de media melena, nariz aguileña y ojos verdosos, se hallaba en casa viendo la televisión. Estaba tumbado sobre un camastro viejo, con un somier chirriante al peso y una colcha blanca de fábrica, oscurecida con el paso de los años; curiosamente, Mario comparte nombre con su padre. Este último es un anciano de ochenta y dos años. Ahora caminaba muy despacio por la casa, paso a paso y, más que caminar, empujaba un andador bastante deteriorado, como él. Se sostenía gracias al utensilio que, para Mario padre, era la vida.
El hijo estaba bastante harto y cansado de su padre. Solo quería que el anciano muriese y así quedarse la casa para el solo. El pobre padre no hacía nada malo, salvo acumular años que le pesaban. Era un padre modelo, ejemplar. Ahora el hombre veía poco, casi ni oía y, se había convertido en un estorbo (palabra textual de su hijo)
El problema era que el anciano tenía la cabeza muy bien y no quería ir a ninguna residencia. Pero su hijo quería quitárselo de encima como fuera. El anciano iba empujando su andador por el pasillo de la segunda planta. Justo cuando pasaba por la habitación de Mario, a este le molestaron los pasos y subió el volumen del televisor.
-¡Viejo! ¿Quieres dejar de hacer ruido? – rezongó con cara malvada.
El pobre hombre no le oyó, escuchaba un sonido débil y distorsionado que emitía el altavoz forzado del televisor. Continuó empujando su andador. Mario hijo seguía subiendo el volumen.
-¿Es que no me estás oyendo, viejo? – volvió a gritar -. Jodido estorbo… Tu cuerpo pide tierra. Será mi descanso más que el tuyo.
El anciano se detuvo. Miró a su hijo, quien le correspondía con ojos de fuego intenso. Le atravesaba con la mirada.
-¿Di… ces algo, hijo? – respondió atropelladamente. -El joven se levantó de la cama y salió al pasillo
-¿Di…di…di…di? – Se burló el más joven -. ¡Arranca de una vez, baboso! Escupes y no dices nada.
El anciano le miraba mientras reculaba espantado.
-No… no te entiendo, hijo.
-Largo de aquí. – Aferró los puños con fuerza.
-¿Eh?
-¡Que apartes de mi vista, joder!
No solo chilló para quitárselo de encima, sino que lo empujó, colérico. El anciano cayó rodando peldaño por peldaño golpeándose fuertemente en la cabeza. Su cabeza sonó contra el piso como si un balón de reglamento reventase contra la escuadra de una portería. Sonó un quejido gutural de su garganta, algo seco y débil; escupió un coágulo sangriento y dejó de respirar. El hijo bajó las escaleras. Miró a su padre.
-¿No respiras? – preguntó -. ¡Gracias a Dios que así es! Por fin te has callado para siempre. Viva mi felicidad… Nadie sabrá nunca la verdad.
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-Mario, te acompaño en el sentimiento, hijo -le dijo una vecina, ya en el tanatorio.
-Muchas gracias. Mi pobre padre… – Actuó -, le veo ahí metido en la caja y parece que está dormido en el sofá. Yo creo que no lo voy a superar nunca.
-No llores, Mario, con el tiempo lo superarás. Ya lo verás, hijo.
Y estas eran las palabras que el mal nacido iba diciendo a los vecinos cuando se le acercaban a darle el pésame.
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Llegó la noche. Tronaba con intensidad. Cualquier otro ser humano se hubiera estremecido con el estrépito de los truenos bajo el techo del tanatorio. La luz titilaba y el rostro lívido del cadáver resplandecía en un foco entre la penumbrosa tiniebla. Pero Mario no se asustó. Había llorado en falso diciendo que quería pasar la última noche junto a su padre y darle el último adiós.
-¡Volvemos a estar a solas, viejo! – le gritó -. Lástima que ahora no puedas darme la lata. Oírme me oyes igual que estando vivo. – Se desternilló de risa.
Se tumbó sobre uno de los sofás de la sala. De pronto comenzó a hacer un frío terrible, parecía que el congelador que mantenía fresco al cadáver estuviese circulando por toda la sala. Mario se arropó bien; subió la cremallera de su chupa y volvió a acostarse.
-Maldito invierno…
El frío hubiera sido un problema minúsculo para cociliar el sueño. Lo peor estaba por llegar. La luz se apagó en su totalidad. La bombilla dijo amén como lo dijo el cura que rezó por el cuerpo yaciente horas antes. Murió como él, y de ella no se sacaría un triste foco.
-¿Qué está pasando?-se preguntó un tanto preocupado.
La sorpresa fue aún mayor cuando se incorporó y vio el rostro de su padre, alumbrado por dos grandes cirios a los lados del ataúd. Creyó que todo era fruto de su imaginación, pero juraría haber visto al Cristo de la cruz mover la cabeza, mirarle con ojos de castigo y mascullar.
-Llevo mucho tiempo sin dormir – se dijo.
Toda la sala quedó en penumbra menos el resplandor de las velas que iluminaban el rostro lívido de su padre. Mario comenzó a acercarse poco a poco al cristal para encender la luz que estaba a la derecha de este. Esta tenía que funcionar y así salir de dudas.
– El cristo no puede moverse, claro que no.
Tocó el interruptor pero no se encendía. Un vaho afloró en el cristal, se empañó y ocurrió algo descatalogado en cualquier tipo de pesadilla anterior. Lo que ocurriera en otros tiempos y llamaran horror ahora quedó atrás, esto era verdadero terror. El anciano abrió los ojos. Ya no eran vidriosos como cuando quedó muerto en el suelo de la casa, no. Ahora volvían a tener vida propia, refulgían y miraban a su hijo con gesto de reproche. Mario pensó que todo era fruto de un fallo a la hora de maquillarlo para exponerlo, pero nada más lejos de la realidad; el cadáver Se incorporó. Mario tardó en reaccionar, después, gritó despavorido. Su difunto padre se levantó y, atravesando la puerta que les separaba, se acercó a él. El cadáver caminaba con los ojos muy abiertos mientras avanzaba con los brazos extendidos como si fuese un sonámbulo. El chico intentaba a toda costa abrir la puerta de la salida, pero no podía. Su mano golpeaba y golpeaba el picaporte. No lo conseguía. Su padre, ahora un zombi con la misma lentitud que le caracterizó en vida, caminaba paso a paso intentando atraparle. Seguía manteniendo un rostro macabro y malhumorado; provocaba en la fría y oscura sala una escena estremecedora y aterrante para su hijo.
Los gritos de Mario hijo reflejaron el terror y la angustia vivida.
-¡NO TIENES ESCAPATORÍA, MALDITO!-gritó el difunto.
-¡No te acerques a mí! ¡Vuelve a tu sitio!
El muerto consiguió llegar hasta él. Le agarró de la garganta. El chico estaba completamente abatido, sin fuerzas para reaccionar ante lo que veía y sentía. El zombi comenzó a estrangularle. Mario hijo quedó inconsciente, pero no muerto. Su padre le agarró de los pelos, y lo arrastró hasta el ataúd. Con una fuerza descomunal que solo posee un ser de otro mundo, le colocó en la caja.
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A la mañana siguiente…
-Aquí pone Mario García, fallecido ayer a los 82 años, pero el que está en la caja es una persona joven- dijo el de la siguiente guardia del tanatorio -. ¿Alguien puede identificar el cadáver?
-Yo soy su tía- dijo una viejecita que entraba en ese momento. Miró el cadáver.
-Sí, es Mario García – afirmó -. Su padre me llamó por teléfono anoche para contármelo. Una desgracia… Debe ser un error, pero es normal, ya que se llama igual que su padre.
-Entonces todo aclarado, el único fallo ha sido la edad. Que lo entierren y, señora, le acompaño en el sentimiento.
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Unas horas mas tarde…
Mario abrió los ojos e intentó moverse, pero no podía, igual que no pudo salir de la sala la noche anterior cuando el cadáver de su padre le perseguía. Llevaba dos horas enterrado para toda la eternidad, medio congelado por la cámara frigorífica que lo mantuvo fresco aun estando vivo.
-¡Qué es esto! ¡Saquéenme de aquí! – Pensó, ni siquiera tenía fuerza suficiente para articular palabra.
Era un foso muy profundo, nadie le oiría por mucho que lograse gritar. Solamente le quedaba rezar para morir asfixiado cuanto antes. Hiciera lo que hiciese, su destino era la muerte que le deseó a su padre. Nadie busca a un vivo entre los muertos.
Mientras tanto, el estadio de fútbol de la capital contaba con la presencia de su socio más veterano: Mario García, de 82 años.
FIN
JOSÉ LOSADA 09/10/2008

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