EL MUNDO FUNERARIO EN EL ANTIGUO EGIPTO


La mayoría de los antiguos egipcios no estaban obsesionados con la idea de la muerte, pero si ocupados con su idea ya que preparaban su viaje final desde la juventud. En el contexto de la población del Egipto faraònico y en lo concerniente a este sentimiento supuestamente fatalista hemos de considerar unas diferencias nada sutiles. Para evitar la palabra » morir», los egipcios utilizaban frases sinónimas, menos contundentes y más en consonancia con los actos de cada día, como » pasar a la otra orilla». 


Osiris, dios de los muertos por excelencia, es nombrado con frecuencia » Señor del Occidente, dios de todos los vivientes». Esta paradójica variante de llamar vivos a los muertos es una optimista, y sobre todo, esperanzadora manera de proclamar que la muerte es tan sólo un paso obligado a la otra vida, no menos verdadera que esta. A la vista de estas particularidades, la idea de la muerte forzosamente tenía que tener para los artesanos funerarios del faraón una respuesta emocional muy particular que podemos constatar en el tipo de temas elegidos para » decorar» sus moradas de eternitad. No obstante, en el plano meramente formal, los funerales y, en general, todo el ritual que acompañaba a la despedida y entierro del desaparecido no difería básicamente de la del resto de los egipcios. 


Cuando moría un servidor del Señor de las Dos Tierras en la Sede de la Verdad se desencadenaba un proceso que por milenario, se había convertido en rutinario. Había que dotar al muerto de todo lo que sería imprescindible para afrontar unas pruebas tan temibles como inevitables. Del veredicto final del tribunal de Osiris dependía que el desaparecido pudiese alcanzar una » existencia feliz» en los campos elíseos del Señor del Occidente, o lo que era lo mismo, ser un bienaventurado en el paraíso de los justos.

Este proceso tenía su comienzo en la preparación del cuerpo para que siguiese siendo el soporte material que le había acompañado en su vida temporal. Era imperativo llevar el cuerpo a la tienda de purificacion  como paso obligatorio previo al ingreso en la casa de la muerte, el taller de los embalsamadores. Allí empezaba a contar un plazo de setenta días, que era también necesario para acondicionar no solamente la propia sepultura, sino también las pertenencias más queridas, el ajuar funerario que necesitaba el muerto en su definitiva vida de ultratumba.

Óscar Ventura

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