DENNIS NILSEN (EL ESTRANGULADOR DE MUSWELL HILL)

El 8 de Febrero de 1982, los vecinos del numero 23 de Cranley Gardens, en el tranquilo suburbio de Muswell Hill,al norte de Londres,avisan a un fontanero de la zona (Mike Cattran) pues llevan varios días con los grifos atascados.Cuando el operario se dispone a inspeccionar la fosa séptica del bloque,además de un olor a putrefacción insoportable encuentra un liquido viscoso del color de la sangre y trozos de carne con cabellos aún pegados a la piel,por lo que da aviso a la policia,que al llegar y inspeccionar la fosa séptica más a fondo encuentra más restos de carne y huesos,los cuales analisis posteriores confirmaron que los restos eran humanos.Cuando los agentes se dispusieron a interrogar a uno de los vecinos del bloque,(un hombre de 37 años llamado Dennis Nilsen que vivía en el ático) al confirmarle los 108 restos humanos encontrados en la fosa séptica,éste exclama:

oh qué horror“…..el agente, guiado por la corazonada le pregunta:

¿”dónde está el resto del cadaver”?,

a lo que Dennis contesta:

déntro de dos bolsas de plástico en el armario.Venga,se lo enseñaré”…..

Cuando iban de camino a la comisaría, el detective inspector McCusker  le preguntó si estaban hablando de un cadáver o de más. Dennis Nilsen contestó:

-Quince o dieciséis desde 1978: tres en Cranley Gardens y unos trece en mi dirección anterior de la Avenida Melrose, Cricklewood.

Y así empezó la historia de Dennis Nilsen,el mayor asesino en serie de Gran Bretaña…..

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Dennis Andrew Nilsen era hijo de Olav Nilsen  y de Betty Whyte. El padre, Olaf Magnus Nilsen, era un soldado noruego que llegó a Escocia después de la invasión alemana de su país en 1940.Su madre se llamaba Betty Whyte,ambos se casaron en 1942.

El matrimonio no fue un éxito y los Nilsen nunca fundaron juntos un hogar. Betty continuó viviendo con sus padres, Andrew y Lily Whyte, en cuya modesta casa crecieron sus tres hijos. Dennis apenas veía a su padre, que raramente iba a visitarles. Unos pocos años después el matrimonio terminó en divorcio.

Dennis creció con su madre, su hermano mayor y su hermana pequeña, pero la influencia más fuerte era la de sus severos, estrictos y cariñosos abuelos.

Dennis Nilsen pasó su infancia en una atmósfera de fundamentalismo religioso. Era retraído, hosco e intratable. Se encerró en un intenso mundo privado en el que nadie podía penetrar, excepto su abuelo.Andrew Whyte era el héroe de Nilsen. Le contaba al niño cuentos sobre las olas del mar, le Hevaba sobre sus hombros a dar largos paseos por la playa y volvían a casa cuando se dormía en sus brazos. Cuando el abuelo regresaba del mar toda la familia sabía que volvía a casa para estar con Dennis.

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Andrew tuvo un ataque al corazón en el mar en 1951. Trajeron su cuerpo en un tren a Fraserburgh y de allí a la casa de la familia, donde le pusieron en un ataúd sobre la mesa del comedor. A Dennis no le advirtieron que su abuelo estaba muerto. Le dijeron que «entrase y viera al abuelo», y a los dieciséis años tuvo la primera visión de un cadáver. Desde ese momento, las imágenes de muerte y amor se fusionaron en su mente. Quería estar con su abuelo. Quería estar muerto.

El chico se retiró aún más al secreto mundo de su imaginación. Tenía pocos amigos y no se consideraba digno de tener los que tenía. Durante sus años en el colegio, Nilsen no tuvo relaciones de ninguna clase. En la escuela Strichen se mantenía apartado de los demás. Desarrolló una obsesión por un chico de la clase de su hermana que era hijo de un pastor local. No se atrevía a acercársele y sólo le miraba en el recreo y trataba de estar cerca de él. No habló con él nunca. Túvo otra obsesión por un chico, Pierre Duval, que no era sino un dibujo del libro que Nilsen utilizaba para las lecciones de francés. Era el comienzo de una enfermedad que le llevaría a la cárcel.

Al llegar a la pubertad se dio cuenta de que le atraían los chicos, y pensó que esto aún lo marcaba más como un ser diferente.

Dejó la escuela a los 15 años y fue directamente al ejército, donde se alistó en el cuerpo de abastecimientos. Aprendió a utilizar un cuchillo de trinchar y a descuartizar reses. Nilsen dejó el ejército después de 11 años, por oposición al tratamiento que el gobierno británico daba a los irlandeses y se unió a la policía. Cumplió bien sus deberes como oficial de policía y al parecer, eso le gustaba, pero su vida privada se iba desintegrando gradualmente en locas fantasías. Su obsesión con la idea de la muerte asumió manifestaciones extrañas. Pretendía ser él mismo un cadáver, tumbado frente a un espejo, e intentaba simular la muerte poniéndose azul en los labios y haciendo que los ojos parecieran inyectados en sangre, y cubría su piel blanca con polvos de talco.

Mientras se trató de fantasías privadas, estuvo a salvo, pero las presiones internas para hacer real la experiencia de la muerte, crecían….

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Después de dos años en la policía, Nilsen entró en la Administración Pública, donde entrevistaba a los aspirantes a los puestos de trabajo en la oficina de empleo de Charing Cross Road, en el West End de Londres.Por las tardes iba sólo a pubs del Soho y Camden Town para encontrar un hombre con quien conversar. Estaba solo y ansiaba compañía….Nilsen deseaba la seguridad de una compañía duradera. Una tarde, en 1975, conoció a un hombre joven, David Gallichan, a la salida de un pub, y al día siguiente decidieron instalarse juntos. Ambos se mudaron al piso con jardín de Melrose Avenue n.9 195, y con un perro y un gato formaron algo parecido a un grupo familiar que duró dos años y que no llegó a más.

Comienzo de los crimenes

Después de pasar una solitaria Navidad, Nilsen salió la víspera de Año Nuevo en busca de compañía. El chico irlandés que conoció en el pub iba a quedarse con Nilsen fuera cual fuera el precio.

Dennis Nilsen se despertó el día de Año Nuevo de 1979 y encontró al adolescente irlandés que había conocido la noche anterior durmiendo.

Se habían conocido en un pub y luego volvieron a Melrose Avenue donde había visto llegar el Año Nuevo juntos, bebiendo hasta quedar inconscientes. Nilsen tenía miedo de que cuando el chico se despertara le dejase, y él quería que se quedase. Las ropas del chico estaban en el suelo con la corbata del propio Nilsen. Vio la corbata y supo lo que tenía que hacer.

Montándose a horcajadas sobre el chico, en la cama, puso la corbata alrededor de su cuello y apretó fuertemente. Inmediatamente el chico despertó y comenzaron a luchar rodando por el suelo. Nilsen apretaba con fuerza. Después de aproximadamente un minuto, el cuerpo del chico estaba débil pero aun respiraba intermitentemente. Nilsen fue a la cocina y llenó un cubo con agua. Metió la cabeza del chico en el cubo hasta que se ahogó.

Nilsen llenó la bañera y llevó el cuerpo al baño para limpiarlo. Pasó largo tiempo secándolo para asegurarse de que quedara sin manchas, y vistió el cuerpo con calzoncillos limpios y calcetines. Durante un tiempo se acostó en la cama agarrado al cadáver, luego lo colocó en el suelo y se puso a dormir.

Al día siguiente quería ocultar el cuerpo bajo las baldosas del suelo, pero el rigor mortis había comenzado y estaba rígido. Lo cogió otra vez y decidió esperar a que los miembros estuviesen más flojos después de que el rigor mortis hubiera pasado. Sacó el perro a pasear y se fue a trabajar.

Cuando el cadáver pudo ser ya manejado, Nilsen lo limpió otra vez. Esperaba ser arrestado en cualquier momento y se quedó sorprendido al ver que nadie llamaba a su puerta. No parecía que nadie echase de menos a la persona cuya vida había arrebatado.

La experiencia, aunque satisfazo las ahora necesidades dominantes de su fantasía, también lo asustó y estaba determinado a que no volviese a ocurrir. Decidió dejar de beber. Después de una semana viviendo con el cadáver, Nilsen lo ocultó bajo el suelo. El cuerpo permaneció allí casi ocho meses.

Pasó casi un año antes del segundo crimen, y la víctima iba a ser la única cuya desaparición tuvo eco en la prensa. Kenneth Ockendon era un turista canadiense de vacaciones en Inglaterra para visitar a la familia. Se alojaba en un hotel barato cerca de la estación de King’s Cross.

El 3 de diciembre de 1979 conoció a Nilsen en un pub del Soho y empezaron a charlar pagando cada uno una ronda de cerveza. Como Nilsen había dejado el trabajo esa tarde, fueron a dar una vuelta por Londres y sacaron fotos. Ockendon aceptó ir al piso de Nilsen a comer algo. Pararon en una taberna, compartieron la cuenta, y volvieron a Melrose Avenue donde se sentaron frente al televisor. Comieron jamón, huevos y patatas, y bebieron ron, whisky y cerveza.

Al ir pasando la tarde, Nilsen se iba dando cuenta de que Ockendon se iría y volvería a Canadá pronto. Sus sentimientos de una inminente deserción eran similares a los que había tenido cuando había matado al chico irlandés. Sabía que iba a matar a Ken Ockendon para conservarlo.

Era de noche, tarde, y habían bebido los dos grandes cantidades de ron. Ockendon estaba oyendo música por los auriculares. Nilsen no recuerda haber puesto el cable de los auriculares alrededor del cuello de Ockendon, pero sí recuerda haberle arrastrado y haber forcejeado en el suelo porque él también quería oír la música.

El perro Bleep estaba ladrando frenéticamente en la cocina. Nilsen desenredó los auriculares del cuello de su amigo, se los puso y escuchó discos mientras se servía otra bebida.

Después cargó el cadáver sobre sus hombros y lo llevó al cuarto de baño para lavarlo y secarlo. Luego lo colocó a su lado en la cama y se puso a dormir.

Al despertarse a la mañana siguiente guardó el cuerpo en un armario y se fue a trabajar. Cuando llegó al piso esa tarde, cogió el cadáver otra vez y lo sentó en una silla de la cocina mientras lo vestía con calcetines limpios, calzoncillos y camiseta. Hizo algunas fotos con una cámara Polaroid poniendo el cuerpo en varias posiciones, y luego lo puso junto a él en la cama mientras se, echaba para ver la televisión.

En las dos semanas siguientes, Nilsen se sentaba regularmente frente al televisor con el cuerpo de Ockendon en una butaca próxima a él. Luego le quitaba la ropa, lo envolvía en cortinas y lo ocultaba bajo las baldosas durante la noche.

La desaparición del turista canadiense fue objeto de las noticias durante varios días.

Nilsen pensó que debería haber varias personas que podían haberles visto juntos en el pub, en Trafalgar Square, o en la taberna. Esperó a que llamasen a la puerta, le interrogasen, y probablemente le arrestasen. Pero nada sucedió.

Después de esto, la incidencia de los crímenes de Nilsen se hizo más frecuente. Durante los siguientes veinte meses en que fue inquilino del bajo de Melrose Avenue número 195, otros diez hombres murieron, a veces dos en el mismo mes. El asesinato se había convertido en un hábito, un placer ya no atemperado por inhibición o frenado por el miedo a ser descubierto. Parecía que la gente podía atravesar la puerta principal de Nilsen y no volver a salir jamás sin que nadie lo notara. Cuerpos acumulados en el bajo mientras los vecinos vivían, sin sospechar nada, en los pisos de arriba.

Hubo más conocidos casuales que fueron al piso de Nilsen y no fueron atacados, que gente que murió allí. Era imposible predecir qué podía poner en movimiento un impulso asesino, aunque el encuentro que conducía a uno, casi siempre, ocurría en un pub, y especialmente en uno frecuentado por jóvenes homosexuales solteros, solitarios y sin hogar.

Nilsen empezaba a entablar conversación con alguno, le invitaba a beber, ofrecía consejo y buena compañía. Tenía una larga experiencia de vida en Londres y algunos de los hombres que él conocía vagabundeaban sin objeto alguno en una ciudad extraña. Iban gustosamente al piso de Nilsen a tomar algo.

El modo de matarles siempre era el estrangulamiento, ordinariamente con una corbata. Se llevaba a cabo cuando la víctima estaba bebida y somnolienta o cuando ya estaba dormida. A veces lo completaba ahogándoles.

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Martyn Duffey era el típico joven sin rumbo que puede ser fácilmente atrapado por un hombre como Dennis Nilsen. Venía de Merseyside; había estado en tratamiento y en una escuela para desadaptados. Se había escapado frecuentemente de casa y había hecho auto-stop hasta Londres, sólo para descubrir que no tenía a dónde ir. Los asistentes sociales lo rescataron y pagaron su billete de regreso.

Duffey había tratado de establecerse haciendo un curso de hostelería, pero después de haber sido interrogado por la policía por no haber pagado un ticket de tren, volvió a rebelarse. Dejó su casa otra vez anunciando su intención de vivir en New Brighton, Merseyside.

Después de aparecer en Londres otra vez, Duffey dornúa en las estaciones. Conoció a Dennis Nilsen poco antes de su diecisiete cumpleaños: su compartida experiencia en cocina probablemente les dio algo de que hablar. Duffey se fue con Nilsen, bebió dos latas de cerveza y se arrastró hasta la cama.

En la oscuridad, Nilsen se sentó a horcajadas sobre Duffey y lo estranguló. Quedó inconsciente pero aún vivo. Nilsen lo llevó a la cocina, llenó el fregadero con agua y sumergió la cabeza del chico unos cuatro minutos. Luego lo arrastró hasta el cuarto de baño, lavó el cadáver y lo volvió a llevar al dormitorio. Nilsen declaró tras su detención que lo guardó también en el armario, pero que dos días después lo encontró hinchado y lo ocultó bajo las baldosas.

Billy Sutherland tenía 27 años cuando conoció a Nilsen en un pub cerca de Picadilly Circus. Procedía de Edimburgo, llevaba varios tatuajes y había estado en la cárcel y en reformatorios. Tenía una novia y un hijo en Escocia, pero en Londres vivía al día.

A pesar de todo, Sutherland siempre mantuvo el contacto con su madre, y fue ella la que alertó a la policía y al Ejército de Salvación cuando este contacto cesó de forma fulminante.

Sutherland fue una de las pocas víctimas cuya desaparición fue denunciada, pero la larga Esta de más de cuarenta personas desaparecidas hicieron que ésta, una desaparición más, nunca condujera a Dennis Nilsen. Tal vez hubiera podido escapar de su destino de haber tenido un lugar para vivir, ya que fue un huésped no invitado en casa de Nilsen.

Los dos hombres pasaron la tarde de bar en bar, y acabaron cerca de Trafalgar Square. Entonces Nilsen, cansado de andar, dijo que se iba a casa. Se dirigió a la estación de metro de Leicester Square y compró un billete. Al darse la vuelta, vio a Sutherland detrás de él. Sutherland le dijo que no tenía dónde ir, por lo que Nilsen compró otro billete y le llevó a la Avenida Melrose.

Sutherland murió porque era un estorbo. Nilsen no tenía recuerdo especial de haberle matado, sólo recordaba el estrangulamiento frente a frente y que a la mañana siguiente había un cadáver. La muerte de Malcolm Barlow fue aún más casual. Tenía 24 años y estaba completamente solo. Sus padres habían muerto, no tenía amigos y había pasado buena parte de su vida bajo cuidados o en hospitales para enfermos mentales.

Barlow padecía de epilepsia y era en todos los sentidos un joven difícil y desagradecido. Recorrió todo el país viviendo en hostales o con cualquiera que le recogiera por la calle.

El 17 de septiembre de 1981, estaba tirado en la acera de la Avenida Melrose, la espalda contra la pared del jardín, cuando Nilsen salía de su casa, pocos metros más allá, camino del trabajo. Al pasar por donde se hallaba el hombre le preguntó si se encontraba bien. Barlow contestó que eran las pastillas que estaba tomando y que le fallaban las piernas. Nilsen le aconsejó que fuera a un hospital y ayudándole le llevó al piso y le hizo una taza de café. Dejándole allí con el perro, Nilsen se acercó a una cabina y llamó a una ambulancia. Llegó en diez minutos y se llevó a Barlow al hospital Park Royal.

Barlow salió del hospital al día siguiente y firmó en la Oficina Local (DHSS Office). A continuación volvió a la Avenida Melrose y espero en las escaleras de la casa a que Nilsen volviera del trabajo. Cuando Nilsen le vio, se sorprendió: «Suponía que estabas en el hospital», dijo. Cuando Barlow le contestó que ya se encontraba bien, Nilsen le invitó a pasar.

Nilsen preparó una comida para Barlow y se sentó con él a ver la televisión. Nilsen se sirvió una copa. Barlow pidió a su vez otra, pero Nilsen le dijo que no debería mezclar alcohol con pastillas. Barlow insistió en que un par de copitas no le harían ningún daño, así que Nilsen cedió. «Es cosa tuya», dijo. Barlow tomó dos de ron con coca-cola y se durmió profundamente en el sofá.

Aproximadamente después de una hora, Nilsen trató de reanimarle, dándole cachetes, pero estaba demasiado atontado para moverse. Nilsen pensó que tendría que llamar a una ambulancia otra vez, pero no le importaba gran cosa. Estranguló a Barlow porque le estorbaba, y después siguió bebiendo hasta que Regó la hora de acostarse.

A la mañana siguiente, no estando de humor para levantar las baldosas donde ya yacían seis cadáveres, puso el cuerpo debajo del fregadero de la cocina y salió a trabajar a la Oficina de Empleo. Barlow fue la última persona que murió en la Avenida de Melrose. «Siento que se las arreglara para encontrarme otra vez», escribió su asesino.

Otras muchas víctimas que precedieron a Malcolm Barlow nunca fueron identificadas. Había un hippie melenudo, un hombre joven demacrado, y un cabeza rapada con las palabras «Cortar aquí» tatuadas alrededor de su cuello.

La muerte de otra de las víctimas sin nombre en 1981 es recordada por Nilsen con escrupuloso detalle: «Estaba retorciéndole el cuello y recuerdo que quería ver más claramente su aspecto. No sentía ninguna resistencia… Me senté en la silla y puse su cuerpo caliente, fláccido y desnudo entre mis brazos. Su cabeza, brazos y piernas colgaban fláccidamente y parecía estar dormido. Al levantarme a la mañana siguiente le dejé sentado en el armario y me fui a trabajar.»

«No volví a pensar en el asunto hasta que volví a casa esa tarde. Me puse los vaqueros, comí y encendí la televisión. Abrí el armario y levanté el cuerpo. Le lavé, le vestí y le senté frente al televisor. Le hablé de la jornada con comentarios irónicos acerca de los programas de la televisión. Recuerdo haberme asustado por tener un control absoluto sobre ese cuerpo tan bello … »

«Estaba fascinado por el misterio de la muerte. Le susurraba porque creía que él todavía estaba realmente allí… Pensaba que él nunca habría sido tan querido antes en su vida…. Después de una semana le metí debajo de las baldosas.»

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Desmembrar un cadáver

El jueves 3 de febrero de 1983 los ocupantes de los pisos del número 23 de Cranley Gardens, en el tranquilo suburbio de Muswell Hills, norte de Londres, descubrieron que sus lavabos no funcionaban correctamente.

La avería no habia podido ser solucionada por el fontanero local con anterioridad, y la tarde del martes siguiente éste recibió ayuda de Mike Cattran, de la firma Dino-Rod’s.

El primer trabajo de Cattran fue inspeccionar la fosa séptica que había junto a la casa. Ese tipo de inspecciones nunca resultaban agradables, pero aun así, cuando hubo quitado la tapa Cattran tuvo que admitir que en toda su vida profesional jamás había olido una pestilencia tan increíble. El fontanero dirigió el haz luminoso de su linterna hacia el fondo del agujero, tres metros y medio más abajo, y se llevó la desagradable sorpresa de ver una capa de un líquido blanquecino de apariencia viscosa salpicado por manchitas de algo horriblemente parecido a la sangre. El fontanero bajó al agujero, en contra de lo que le aconsejaban todos sus instintos, y cuando llegó al fondo descubrió trozos de carne putrefacto, algunos de ellos con cabellos aún adheridos a la piel.

La policía realizó una inspección completa de la fosa al día siguiente y encontró más fragmentos de carne y huesos, que fueron extraídos de ella e identificados rápidamente como humanos por los patólogos. Estaba claro que el inspector jefe de detectives Peter Jay tenía un asesinato que resolver.

Entre los residentes del número 23 estaba Dennis Nilsen -«Des», como prefería que le llamaran-, de 37 años, que ocupaba el ático. Cuando Nilsen volvió a casa de su trabajo en el Centro de Empleo de la calle Denmark la tarde del miércoles 8 de febrero, fue recibido por un trío de detectives. Nilsen expresó cierta sorpresa ante el hecho de que la policía se Ínteresara por algo tan mundano como unos desagües atascados, y cuando se le habló de 108 restos que se habían encontrado en la fosa séptica exclamó: «Dios santo, qué horror

Y en ese instante el inspector Jay se dejó guiar por una corazonada y replicó con estas palabras: «No me haga perder el tiempo. ¿Dónde está el resto del cadáver?»

Para gran sorpresa del detective, Nilsen respondió sin perder la calma: «Dentro de dos bolsas de plástico en el arrnario. Venga, se lo enseñaré

Cuando iban de camino a la comisaría, el detective inspector McCusker se volvió hacia Nilsen en el asiento trasero del coche y, como sin darle importancia, le preguntó si estaban hablando de un cadáver o de dos. Dennis Nilsen alzó los ojos.

Quince o dieciséis desde 1978: tres en Cranley Gardens y unos trece en mi dirección anterior de la Avenida Melrose, Cricklewood.

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El juicio

Nunca hubo ninguna duda de que Dennis Nilsen era culpable -dictó 30 horas de confesión increíblemente detallada a lo largo de once dias-, pero seguía existiendo la cuestión de cuán culpable era o, mejor dicho, de lo responsable que se le podía llegar a considerar.

Al principio, y después de haber consultado con el abogado Ronald Moss, Nilsen decidió declararse culpable.Pero cuando el caso llegó al Tribunal Número Uno del Old Bailey el 24 de octubre de 1983, Dennis Nilsen había abandonado a su primer representante legal por otro (Ivan Lawrence)quien le aconsejó que cambiara su alegación inicial por la de «responsabilidad disminuida» debida a un trastorno mental.

Este último abrió su defensa de Nilsen declarando que no tenía intención de probar que su cliente estaba loco, sino que en el momento de cada crimen sufría una anormalidad mental tan grande que era incapaz de formarse el propósito definido de asesinar.

El doctor James MacKeith del Hospital Real de Belén prestó testimonio afirmando que Nilsen tenía graves dificultades para expresar sus emociones y exhibía síntomas de conducta inadaptada. El doctor afirmó que dicha combinación era «letal». El señor Alan Green, acusador de la Corona, se opuso con gran firmeza a esa conclusión; Green recordó al tribunal la forma cuidadosamente calculada en que Nilsen había matado a sus víctimas y dispuesto de sus cuerpos, así como la astucia con que había intentado convencer de su locura contando mentiras de lo más obvio. En otras palabras, según él Nilsen era «un actor condenadamente bueno». Al final el doctor MacKeith no quiso describir la responsabilidad del acusado con la palabra «disminuida», dado que se trataba de una definición legal y no médica.

El segundo psiquiatra llamado como testigo por la defensa, el doctor Patrick Gallwey, intentó que el tribunal aceptara lo que llamó «Yo falso del tipo encontrado en el desorden de personalidad narcisista pseudonormal», pero no tuvo mucho éxito. El concepto resultaba tan incómodo de utilizar como el nombre, y abreviarlo a «Síndrome del yo falso» no aclaró mucho las cosas.

Cuando la defensa hubo terminado de exponer su caso, la Corona, tal y como es costumbre en las alegaciones de «responsabilidad disrninuida», obtuvo penniso para hacer subir al estrado de los testigos a su propio psiquiatra «refutador» para que contradijera el testimonio experto prestado por Gallwey y MacKeith. El doctor Paul Bowden empezó declarándose incapaz de encontrar ninguna anormalidad mental tal y como era descrita en el Acta de Homicidios (El Acta de Homicidios de 1957 dice: “Una persona que mata o toma parte en el asesinato de otra no será acusada de asesinato si sufría una anormalidad mental (tanto si es resultado de un desarrollo detenido o retrasado como si es fruto de cualquier causa inherente o inducida por enfermedad o lesión) capaz de alterar sustancialmente su responsabilidad mental por las omisiones y actos cometidos en el asesinato o en su participación”), y siguió diciendo que, en su opinión, Dennis Nilsen sencillamente quería matar personas, lo cual era lamentable, desde luego, pero no tenía ninguna excusa en el aspecto psicológico: «Según mi experiencia, la inmensa mayoría de asesinos consideran a sus víctimas como objetos, pues de lo contrario les sería imposible matarlas.»

En cuanto al magistrado, el señor Croom-Johnson, su resumen de las evidencias médicas dejó bien claro que para él Nilsen no estaba loco, sino que era un asesino de la peor especie: «Existen personas malvadas que cometen actos malvados. El asesinato es uno de ellos». El juez también añadió que «el tener defectos morales no excusa a Nilsen. Una naturaleza desagradable no debe identificarse con un desarrollo mental detenido o retrasado.»

Así pues, y aunque el testimonio de los psiquiatras mantuvo ocupado al tribunal durante casi toda una semana, el debate terminó de una forma tan confusa y carente de una resolución clara como había empezado. La tarea de decidir si el acusado estaba cuerdo o no acabó recayendo sobre los miembros del jurado. Después de 24 horas de deliberación el jurado decidió que Dennis Nilsen estaba cuerdo y era culpable de seis asesinatos y dos intentos de asesinato: la decisión fue tomada por mayoría de 10 votos afirmativos contra 2 negativos.

Nilsen fue sentenciado a cadena perpetua, y el juez Croom-Johnson recomendó que su estancia en la cárcel no fuese inferior a 25 años. Nilsen acepta esta sentencia y la verdad es que no espera ser liberado. En 1984 fue transferido de Wormwood Scrubs a la prisión de Wakefield, Yorkshire, donde sigue en el día de hoy.

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DIEGO ARTURO GARCIA

 

 

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